¿Sublevados frente al cólera o frente al mal olor?

En 1885 se produjo en el mercado de San Ildefonso un motín contra los procedimientos de desinfección organizados por la epidemia de cólera. El descontento popular acabó en tumulto un par de días después.

Desinfector. ‘Cartilla del desinfector’, del Doctor C. Chicote, 1901

El 17 de junio de 1885 los vendedores y vendedoras el mercado de San Ildefonso se percataron de que, por las inmediaciones de la plazuela, rondaba un carro cargado de bombonas de ácido fénico y aparatos para pulverizarlo. Al llegar a la puerta del mercado, las verduleras, grupo bien conocido en la época por su capacidad de movilización, dieron la voz de alarma, haciendo que se concentrara frente al mercado una gran cantidad de gente. “¡Nos quieren matar con polvos como a las chinches!”,  gritaban. Los desinfectores tuvieron que huir acompañados de guardias y ni siquiera el retén adicional que acudió pudo persuadir a los vendedores y vendedoras, que se encerraron dentro del mercado con prevención belicosa y decididos a no dejar fumigar su mercado. Guardias y fumigadores se fueron entre una sonora cencerrada y la fumigación se llevó a cabo al anochecher, ya con los puestos cerrados, que es en realidad lo que pretendían los comerciantes.

El motín del mercado de San Ildefonso sucedió durante una epidemia de cólera en Madrid (1885) y es explicado en el magnífico libro Los barrios bajos de Madrid. 1880-1936, del historiador Luis Díaz Simón, que seguiremos en las líneas siguientes.

Dicha epidemia de cólera, el huésped del Ganges, como lo bautizó Pérez Galdós, se propagó por el Mediterráneo, llegó a Alicante en 1884 y a Madrid a través de segadores valencianos un año después. El primer caso en la ciudad se registró el 20 de mayo en una casa de la calle Caballero de Gracia y se extendió rápidamente, por los barrios del sur de Madrid primero y luego en toda la ciudad, sobre todo en los barrios bajos.

Con el fin de hacer frente a la situación, se estableció en el barrio de Vallehermoso un hospital especial para cólericos llamado Casa especial de Socorro de Vallehermoso en el mes de agosto y, visto con perspectiva, se puede decir que la respuesta a la epidemia estimuló la creación de un mejor sistema de salud en Madrid, siendo reseñable el servicio público de desinfección urbana dependiente del Laboratorio Municipal, cuyas brigadas llegaron a hacer unas 3000 operaciones durante la epidemia.

Aunque se conocía que el cólera campaba por Madrid desde casi un mes antes, hasta el 16 de junio de 1885 no se hizo oficial, con las consabidas medidas que afectaban al comercio y la permanencia en sus casas de los madrileños. Las medidas molestaron mucho a los comerciantes y pronto empezaron a circular rumores que ponían en duda la veracidad de la epidemia, atribuyendo los enfermos al cólico madrileño, una afección curable de similares síntomas y muy lejos de la terrible mortalidad que presentaba entonces el huésped del Ganges.

Para entender el suceso del mercado de San Ildefonso hay que tener en cuenta que los procedimientos y materiales con los que se desinfectaban las casas y calles propagaban un desagradable olor a sulfuro, cloro y ácido fénico, que permanecía durante semanas y que se cebó especialmente con los barrios populares, que fueron los más afectados. La venta de verduras frescas, por otro lado, se veía especialmente afectada por el miedo al cólera.

El conato de motín ejemplifica el malestar entre los trabajadores del comercio durante la epidemia, que fue creciendo hasta estallar en las manifestaciones y tumultos callejeros del 19 de junio, que tuvieron especial incidencia en la zona de la calle de Toledo, donde todos los comercios amanecieron con sus puertas tocadas con crespones negros. Las verduleras del mercado de la Cebada se manifestaron con crespones en el corpiño, calaveras dibujadas, verduras en ristre y un pendón negro. Durante la jornada, en la que el conflicto se reavivó varias veces y fue represaliada por los guardias, se escuchó el grito “¡No hay cólera, que hay hambre!” y la multitud intentó dirigirse al Laboratorio Municipal, situado en la calle Imperial. Al día siguiente se reprodujeron las protestas con el triste saldo de dos artesanos muertos por herida de bala. Las clases populares protagonizaron las protestas junto a los comerciantes.

Finalmente, la epidemia terminó el 30 de septiembre y se llevó por delante a 1366 personas, lo que resultó ser un balance mejor de lo esperado en principio, con una mortalidad de 5,9 por cada 1000 habitantes, muy lejos de los porcentajes, en torno al 30% de Zaragoza, Valencia o Teruel.

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