Los madrileños que no se marcharon a la playa

Podemos elegir ser el que se pone al servicio del vecino y no el que se va a La Pedriza; podemos, también, poner el ejemplo de los miles de trabajadores y trabajadoras anónimas que hacen que el mundo continúe o regodearnos en el mal ejemplo de otros. Madrileños somos todos.

Pancarta del colectivo Distrito 14 | https://twitter.com/DistritoCatorce

A todos nos han llegado los últimos días noticias de madrileños teletrabajando en la costa, haciendo caso omiso de las recomendaciones de no viajar y transportando consigo el virus que nos está cambiando la vida. Antes de las redes sociales, las noticias nos llegaban con los juicios de valor cosidos a la boca de amigos, familiares, compañeros de trabajo y fulanos del autobús. Ahora, el juicio de valor se viraliza y, no solo llega antes que la propia foto que acompaña al titular (no hay más noticia), sino que es más importante que la misma. El madrileño es insolidario, se repite, y mucho, por parte de los propios madrileños: “¡Qué vergüenza!”.

Y el madrileño es muchas cosas porque somos millones de almas, pero tú tienes la capacidad de elegir qué madrileño quieres ser y en qué madrileño te quieres fijar a la hora de formular (tampoco hace falta) tus juicios de valor. Cambie madrileño/madrileña por cualquier otro gentilicio cuando corresponda, por favor.

Los madrileños y madrileñas en los que yo me fijo no están escondidos. Me llegan por doquier mensajes de whatssup de vecinos que se están organizando en los barrios para hacer la compra a los mayores de su edificio, noticias de gente ofreciéndose para cuidar a los niños de aquellos que no pueden teletrabajar o fotos de folios prendidos en el portal con mensajes en similares términos.

En Madrid, y en todos lados, se está hablando mucho de los trabajadores sanitarios como de un ejército de héroes (sobre todo heroínas) de uniforme blanco. Se les están dedicando memes, aplausos y homenajes colectivos desde los balcones. Faltaría reconocer masivamente el papel de las cajeras de supermercado, reponedores, cuidadoras a domicilio, basureros, limpiadoras, repartidores, conductores y un largo etcétera que tienen en común ser trabajadores, muchos de ellos manuales, que están poniendo sus vías respiratorias por delante para permitir que las cosas, sencillamente, puedan seguir siendo. Fueron los pequeños tenderos de origen chino de nuestras calles los primeros en sensibilizarnos sobre la sombra fría de la pandemia; los hosteleros de Malasaña decidieron cerrar antes de que fuera legalmente preceptivo y las personas de a pie se esmeraron en viralizar el mensaje de que mejor en casa.

Se empezaba a poner de moda la imagen de vecinos cantando el himno nacional desde las ventanas de su edificio (tarareando en el caso es español, por razones obvias) pero es complicado imaginar un ente que tenga menos que ver con las naciones: los virus practican el imperialismo apátrida.

Hace un momento en todas las ventanas de Madrid sonaban los aplausos a las sanitarias y sanitarios que, muchas de guardia ahora mismo, sacan fuerzas de flaqueza para expulsar al dichoso Coronavirus de nuestros cuerpos. Eso sí que es un himno, también sin letra. Un aplauso que muchos hacemos extensivo al resto de heroínas y héroes de la cuarentena, que son siluetas alejadas de la épica y el nombre propio, colectivos de trabajadores y trabajadoras anónimas que no miran el nombre del terruño en el que pisan sino a quienes estamos a su lado. Esos, son los imprescindibles, que decía el famoso poema, falsamente atribuido a Bertolt Brecht. Y son muchos más que los que se han marchado irresponsablemente a la playa.

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