Ganjah, el rapero de Malasaña que ofrece improvisaciones callejeras a cambio de unas monedas

Érase una vez un músico callejero con base electrónica, un lanzador a quemarropa de rimas improvisadas, un joven rapero que persigue oyentes por Malasaña de forma educada y a cambio de lo que le quieran dar: "Perdona, ¿te puedo rapear?" Quiere que le escuchemos

Ganjah, el rapero de Malasaña | SOMOS MALASAÑA

«Perdona, ¿te puedo rapear?» Con esta simple frase es como Ganjah aborda a algunos transeúntes de las calles cercanas al Dos de Mayo, o a quienes disfrutan de una consumición en alguna de las mesas de las terrazas de la misma plaza. Aquellos que aceptan su proposición aún no lo saben pero están apunto de que este chico de 20 años les arranque una sonrisa con sus rimas.

Pocas veces falla la cosa: les pide unas palabras al azar, las que ellos decidan, y les lanza una improvisación sobre la base musical que sale del pequeño altavoz JBL que siempre lo acompaña junto a unos mínimos nexos de serie que emplea como red de seguridad, porque cada una de sus mini actuaciones -de poco más de dos minutos- son un pequeño salto al vacío; luego llegará la sorpresa de los que escuchan, que quizá previamente dijeron sí con cierta desconfianza. Al acabar su improvisación, solicita unas monedas: «Si no me dan nada les rapeo igual, agradecido porque hayan querido prestarme atención».

Ganjah, que empieza a ser conocido ya como «El Rapero de Malasaña», es un músico callejero singular: el más ambulante de cuantos artistas ambulantes tocan en el barrio y el único que dispensa frases de rap. «La gente está acostumbrada a encontrarse en la calle con músicos que tocan la guitarra, pero no con alguien que hace rap con una base electrónica. La propuesta les choca. Creo que hay que abrir mentes, que en cierto modo es lo que hago. Sólo les pido que me escuchen y mucha gente lo hace. Soy consciente de que que no a todo el mundo le va a gustar lo que hago, pero la mayoría de las veces lo que sucede es que si en una terraza sólo una de las mesas ha accedido a que les rapee, tras mi actuación, como el resto de gente también me ha oído, los aplausos llegan de todas partes. Hay que abrirse a nuevas propuestas. Más que dinero es eso lo que pediría a la gente».

El abordar oyentes es también un arte en sí mismo: «A los mayores de 40 años es más difícil entrarles, pero si uno estudia el momento adecuado para hacerlo muchos aceptarán. Hay que estar mentalizado para el rechazo, pero lejos de evitar al público que en teoría sería menos receptivo, también lo intento con ellos porque si consigo captar su atención me siento aún mejor. También rapeo a los extranjeros, un poco en inglés o en francés, aunque con los que más conecto es con los italianos».

Curiosamente, «El Rapero de Malasaña» vive en Ciudad de los Ángeles -en el sofá de un piso compartido- y tampoco se crió en el barrio de Universidad sino en un pueblo de Madrid. Eso sí, viene a diario a la zona, en transporte público y como quien va a la oficina. Su vinculación con Malasaña comenzó hace ya unos años como la de casi cualquier otro joven, siendo usuario de su oferta de ocio. Tiempo después quedó atrapado por el espíritu de encuentro que se da en la plaza del Dos de Mayo, donde llegó a dormir cuando a los 18 años se quedó en la calle durante nueve meses, y no tuvo ninguna duda de que era en este lugar donde quería iniciar su andadura pública como rapero, después de llevar ya cinco años escribiendo canciones y haciendo improvisaciones para sí mismo y para sus conocidos.

Fue el pasado verano cuando le perdió el miedo a mostrar lo que hacía. Junto a un amigo francés que tocaba la guitarra se desvirgó por Sol y logró reunir el dinero suficiente para comprarse el altavoz con el que ahora vuela en solitario.

«Lo de rapear en la calle lo hago como hobby y también porque me saco unos euros, pero estoy grabando una maqueta y en mente está sacar un disco físico. Tengo carpeta y media llena de temas propios para darle forma y sigo produciendo material. Hago reggae, rap, rap latino, old school, rap antisistema o rap social; hago lo que me gusta; trap, no», afirma un Ganjah que, actualmente, se dedica a tiempo completo a su pasión por la música.

Cuando se asegura de que no lo escribiremos en este artículo, Ganjah se despoja un poco de todos los tópicos que se le presuponen a un joven rapero y habla en confianza -y con menos jerga de lo habitual en él- de cosas de su trayectoria vital que, en buena parte, lo explican como persona y como artista en ciernes: la más banal, que su verdadero nombre es J.; la más importante -de lo poco que podemos desvelar sin faltar a nuestra palabra-, que alguna vez llegó a pensar que no servía para nada en esta vida… hasta que se enganchó al rap.

En la plaza del Dos de Mayo se le respeta como artista. Mientras dialogamos con él se acerca un joven del barrio aficionado al rap para saludarlo y nos dice que es «un puto crack». «Ojalá tuviera yo su talento y que no le engañe, que se saca un pastizal rapeando a la gente». Paramos la entrevista, el amigo-admirador y el rapero hablan de un futuro «aun lejano» en el que la marihuana no estará penalizada en ningún lugar del mundo, de política… Cuando se han preparado un porro Ganjah ya está listo para hacer ante la cámara del teléfono móvil de Somos Malasaña una improvisación. Para escuchar uno de sus temas propios nos emplaza a un futuro canal de youtube, que abrirá cuando finalice la grabación de su maqueta.

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