Casa Fidel: ¡¡que nos dure!!

Una casa de comidas perfectamente revisada, donde ofrecen cocina casera de verdad, a buen precio, en un entorno agradable y con un servicio muy eficiente. Un oasis gastronómico en el maremágnum de cocina vulgar que caracteriza Malasaña

Bueno, una vez aclarada perfectamente la inutilidad de mis críticas y de la crítica gastronómica en general, aquí sigo, dándolo todo.

Sobre Casa Fidel tenéis aquí un artículo periodístico interesante y bien documentado. Por mi parte, haré un artículo degustativo y literario. En el primero se habla de que, aunque este establecimiento lleve abierto desde los años 40 con el mismo nombre y tipografía, desde hace 11 años se encargan de él nuevos socios que pretenden seguir ofreciendo cocina totalmente casera y ¡a fe mía que lo consiguen!

Este lugar me lo había recomendado, hace muchos años, uno de los Hermanos Conejero —véase empresa de obras de calle Barco— hablando con auténtica adoración de la calidad de su comida, tradicional y casera. Eso fue hace ya más de 11 años, pero sigue siendo, por lo que se ve, lugar de peregrinación de gentes de menú a mediodía, ofreciendo cocido martes y jueves, lunes lentejas y miércoles paella y pollo asado, todo ello por 12 eurachos.

Tras esa breve introducción voy a lo fundamental.

ODA AL PASTEL DE RABO DE TORO CON PASTA WANTON

Tu masa crujiente por encima,
algo más firme en tu área interna,
y tu carne de rabo de toro deshilachada
en una salsa medio francesa:
se nos cae la baba.

Oh, rabo de toro, caldo de carne, cebolla,
vino, zanahoria y terciopelo.
Rabo de toro sabroso y certero.
Tu wanton bien,
también tu guarnición,
pero tu carne y salsa pertenecen a otra división (oh).

Soy la reencarnación de Gloria Fuertes
y tú eres un amor verdadero.

Oh, pastel de rabo de toro,
mi felicidad, mi anhelo.

Por 14,5 € no puedo pedir más,
tú, carne de mi carne,
mi futuro heredero.*

 

Bueno, espero que con esta oda absurda, ripiosa y atroz haya quedado claro que me ha encantado el pastel de rabo de toro con pasta wanton. Estaba guisado maravillosamente, se deshacía en la boca, su salsa era de gusto contundente y textura suave y aterciopelada, una delicia. La presentación en forma de lasaña con capas de masa wanton es original y el crujiente de la parte superior le va muy bien, la capa interior queda algo más firme pero, en conjunto, es un plato fantástico. Va acompañado de patatas caseras, muy buenas, aunque yo realmente o pondría guarnición o pondría la masa wanton. Es verdad que la wanton le da un toque internacional simpático, pero un buen puré de patatas casero o directamente esas maravillosas patatas podrían suplir la pasta wanton y aquello seguiría siendo gloria bendita sin necesidad de redundancias.

Tras esta introducción gastroimpulsiva, os dejo un poco de música para acompañar… Más adelante entenderéis el porqué (mirada misteriosa).

El local, tipo tren, tiene una barra pequeña para tapeo al principio y luego mesas a uno y otro lado, alguna mesa más de casa de comidas españolas (las de mayor tamaño) y otras más estilo francés. Pequeños detalles, floreros individuales con flores secas, una luz tenue (para fotos atrocis, como podéis ver) y una mesa para cortar el pan en el momento. Todo tiene un aire agradable y relajado, acogedor.

La cestita de panes variados cuesta 1 € por persona y realmente la calidad es muy buena, pan tipo hogaza de miga prieta y fría y corteza crujiente y dura, pan de cereales y luego un pan blanco sencillo. Es agradable, e importante, que se preocupen por la oferta de pan; es uno de los puntos cardinales para entender que el cocinero/propietario no realiza una propuesta «tira p’allá», sino que intenta dar lo mejor al comensal.

Botella de agua fría y gratuita, bravissimi! Y pedimos dos copas de vino tinto —sí, dos copas, estamos hechos unos jubiletas; había Ribera del Duero, Rioja y Bierzo. Dos de este último, Petit Pittacum (2,60 €/copa), rojo rubí ligeramente agranatado y gusto a frutos rojos, cereza, textura aterciopelada, fresco e intenso. Un buen vino para acompañar un excelente condumio. La verdad es que en España tenemos vinos baratos que da gusto. El otro día volví a probar el Pruno, no me acuerdo la añada, pero también es un vinazo a un precio fantástico. No nos podemos quejar, al menos no de esto; de nuestros políticos sí que nos podemos quejar y del Estado-vampiro que han creado y que nos desangra a impuestos y a obligaciones también. Lo dejo, que me pongo a soltar monsergas pueriles y no hay quien me trague.

Nos ponen de aperitivo unas rodajas de pan con jamón y aceite de oliva virgen extra. El aceite, delicioso, hacía que el conjunto resultara de lo más agradable.

De primero compartimos unas setas empanadas con alioli (11 €). Setas cultivadas cortadas en tiritas y empanadas, crujientes, con cero grasor y alioli para ir mojando cada tirita. Un entrante sencillo, apetitoso y reconfortante.

El otro plato, o platazo, que tomamos es chipirones en su tinta con arroz (14,50 €). El arroz, sencillo y, emplatado con el uso tradicional de una taza o cuenco, me retrotrajo a presentaciones vistas en mi pasado remoto, creo recordar, entre otros, el arroz a la cubana de los California o tantos otros lugares donde se servía así tiempo atrás. Es importante que no lo presenten mezclado, cada uno tiene sus gustos en las mezcolanzas de guarniciones y es bonito ver esa montañita blanca acompañada de negror, es como una isla que resiste a una marejada de chapapote; oh, creo que el romanticismo ha invadido mi ser o algo. Los chipirones en su tinta muy ricos, salsa densa y de gusto suave —yo les hubiera metido un toque de guindilla para darle un punto vivaz, pero es que soy dada al picante. Los chipirones en sí, en su punto de firmeza, educados y buena gente. Sensación marina y mineral, delicious.

De postre M. habría querido probar el flan casero pero no quedaba, así que nos decantamos por la tarta de chocolate negro (6,5 €). Era tipo fudge, contundente, chocolate negro no excesivamente amargo, acompañada de una bola de helado de vainilla de tacto suave. Un postre sencillo y resultón.

Pagamos y el camarero, muy dinámico y amable, nos dice «eskerrik asko». ¿Le pregunto a M. si habrá percibido mi RH negativo? Me dice que tal vez. En cualquier caso, considera que sería de mala educación no responderle a tono, se debate entre un «Arriba España» y un «Gora ETA». Al final, no se decide y acabamos con el típico «Muchas gracias, buenas noches».

Bueno, lo dicho, este lugar merece muchísimo la pena: es una casa de comidas perfectamente revisada, donde ofrecen cocina casera de verdad, a buen precio, en un entorno agradable y con un servicio muy eficiente. Una casa de comidas en la que no se limitan a la oferta tradicional para sus menús o carta e incluyen ingredientes foráneos pero siempre con una elaboración cercana, real. Es un oasis gastronómico en el maremágnum de cocina vulgar que caracteriza el barrio; su propia situación, en calle Escorial, lo aparta del mundanal ruido de las Correderas, Espíritu Santo y zonas de tráfico incesante y propuestas gastronómicas, en su mayoría, tristes y repetitivas.

¡Muy bien por Casa Fidel! ¡¡Que nos dure!!

Casa Fidel se encuentra en calle Escorial número 6 y abre de lunes a sábado de 13:00 a 16:30 y de 21:00 a 24:00; domingos de 13:00 a 17:00. Tel.: 91 531 77 36.

* Emulando las maravillosas odas modernas y surrealistas de León Ruiz Gosling pero (yo) con CI negativo.

P.S. Sarri, Sarri se ha escuchado y bailado siempre en el norte de España, sin necesidad de entender su contenido —que en el fondo demuestra una candidez adolescente importante, como la simbología del vídeo— así que no me deis la turra con ese tema ni tampoco con la cuestión de Gora ETA y Arriba España. Mis textos pretenden entretener, no son panfletarios; que tenga que aclarar esto a estas alturas me resulta aburrido.

LA CASA DE COMIDAS Y SUS AMIGOS FUDGE Y WANTON

Parece ser que el término «restaurante» proviene de un señor francés que tenía un eslogan en su establecimiento según el cual allí se iba a «restaurar el estómago». También hay otras teorías al respecto, la etimología no es precisamente una ciencia exacta. A partir de ese u otros supuestos se ha ido sustituyendo, poco a poco, la denominación de «casa de comidas» por la de «restaurante» al considerar que, siendo francés, tenía un estilo más elevado que una simple casa de comidas. Ir a restaurarse, siempre resulta más elegante que ir a comer (demasiado terrenal). Bueno, ahora hay todo un movimiento de críticos y gastrónomos que defienden la vuelta a las casas de comidas como locales en los que se ofrece una cocina honesta, clara y sencilla. Vamos, una casa de comidas sería lo contrario de El Bulli o similares. En la casa de comidas las elaboraciones son comprensibles, el guiso y las legumbres prevalecen y uno sabe exactamente lo que le espera, incluso si, como en Casa Fidel, se hace uso de ingredientes o elaboraciones no autóctonos, como la pasta de wanton.

«Hablemos de los wantones», como diría Arrabal. En primer lugar, situémonos, los wantones, wantanes, wontones o como los queráis llamar, pues en cada sitio se denominan de una forma diferente, son una especie de saquitos de masa fina rellenos. Se enmarcan en el cajón de sastre de los dumplings, es decir, cualquier tipo de masa rellena, cajón en el que nuestras empanadillas se podrían meter perfectamente, y poseen los mismos ingredientes básicos —harina, sal y agua—. Pero los wantones tienen sus características particulares: una masa especialmente fina, su forma es parecida a la de un tortellino y su relleno tradicional está realizado con carne de cerdo o gambas y cebolleta, además, su manera de cocinarlos más típica es hervidos en sopa, con noodles. Eso no quita que, por ejemplo, en España los restaurantes chinos hayan extendido su versión frita para adaptarse al entorno; jubileta style: cuando era pequeña, hace ya unos 30 años, en Gijón celebrábamos el cumple con mis amigas en un chino y el plato estrella era el wonton frito, así que ya llevan un tiempo estas cositas deliciosas en nuestro territorio. Supuestamente, la denominación cantonesa, «wonton» significa nube. En Casa Fidel, como comenté previamente, utilizan la masa nubosa horneada en su maravilloso pastel de rabo de toro.

Bueno, pasemos al fudge: to fudge, entre otras acepciones, significa «to fail to perform as expected» y parece ser que lo que no salió como se esperaba fueron unos caramelos, en Baltimore, en 1886, que no cristalizaron adecuadamente. Bueno, esto, como todo en gastronomía, es una suposición. Lo que no es una suposición es que la tarta de chocolate negro que ofrecen en Casa Fidel podríamos decir que tiene las características propias de un fudge: contundencia pero no dureza en cuanto a textura, potencia golosa y sabor marcado con pocas concesiones a la levedad. Vamos, es como si te comieras una buena dosis de caramelitos de chocolate negro. El tofe, ese caramelo de café con leche, es también una especie de fudge y aunque los que se venden por ahí tienen mayor cristalización, tal vez para que se conserven mejor, si los haces en casa tienen una textura más blandita, más como la tarta de Casa Fidel, más melosa.

Más Malasaña a Mordiscos:

4 Comentarios

  1. gaiferos

    De la A a la Z, totalmente de acuerdo. Como bien decía mi paisana Concepción Arenal, «cuando no comprendemos una cosa, es preciso declararla absurda o superior a nuestra inteligencia, y generalmente, se adopta la primera determinación.

    Responder
  2. Javi

    Pero si no recuerdo mal, casa Fidel cambiode dueño hace bastante y aunque seguía de restaurante ya no era el de los mejores callos de Madrid

    Responder
  3. Javier Bisbal Martín

    No llego a entender lo de gora ETA. Está totalmente fuera de lugar.

    Responder
    • Lu (Malasaña a mordiscos)

      Buenos días, Javier:
      A ti te parece fuera de lugar lo de «Gora ETA», bien. Pues a mí me parece fuera de lugar tu comentario teniendo en cuenta mi Post Scriptum aclaratorio (esperaba disuasorio, pero veo que no) frente a gentes muy preocupadas por defender la supuesta bondad del mundo (parcialmente, según gustos) en forma de palabras y eslóganes.
      Estamos empatados, guanchis.

      Responder

Deja un comentario