Arepa mía: comida callejera de Venezuela

Cocina sabrosona venezolana en San Vicente Ferrer, también para llevar

A pesar de que ya hemos pasado a la Fase 1 y ya hay terrazas abiertas, yo, como buen ser asocial, continúo dándome a la comida en casa. Esta vez me desplacé unos 200 metros a recoger mi pedido en Arepa mía, establecimiento sito en calle San Vicente Ferrer 28. Todo menos ponerme a luchar por un asiento, qué perezón, con este calor, y también sin calor, qué perezón luchar, en general; creo que solo lo que depende exclusivamente de uno mismo se puede luchar, lo que dependa del contexto, especialmente humano, contingencias, etc., creo que no merece la pena, si tiene que salir, saldrá. Vaya filosofía de todo a 100 y vaya alma de intrépida periodista, chi. Sea como sea, Arepa mía también ofrece su comida in situ, no solo para llevar, cuando estemos en la fase adecuada para ello.

El hilo musical venezolano me ha costado, soy una ignorante absoluta en materia de música venezolana, solo conozco a dos cantantes de ese país, Carlos Baute, del cual solo sé el nombre y cuya música no he escuchado en mi vida, y José Luis Rodríguez «El Puma», de ese sé algo más, a mi madre le encantaba, con su pelín cardado y alicatado hasta el techo, ¡ese ser mitad hombre mitad felino, grrroarrr! Aquí dejo la banda sonora de una época; cuidadín, la letra no tiene precio, es realmente fascinante.

A continuación incluyo, también, una versión actual revisada, ya sin mamachichos ni nada.

Un expatriado venezolano

Para ambientar visualmente y producir relajación playera a los madrileños de pro, un precioso cuadro del Parque de Morrocoy, Venezuela, realizado por un expatriado venezolano y ex vecino de Malasaña, ahora vecino de Sol, Gianfranco Patti Lo Curto.

Y, a continuación, un delicado cuadro del Parque Nacional El Ávila, situado al lado de Caracas, para hacernos una idea diferente de las vistas de una gran ciudad.

Gianfranco, como otros muchos, se ha tenido que buscar la vida fuera de su país; en realidad, es un reexpatriado, sus padres huyeron de Italia buscando un futuro mejor en Venezuela y ahora él ha tenido que dejar Venezuela y venirse a España, en concreto a Madrid, una ciudad que, aunque sea un concepto manido, es realmente acogedora.

A continuación una brevísima entrevista con dos preguntas sobre su situación personal, vinculada al contexto político y social de tres países (pasado, presente ¿y futuro?), y otras dos sobre gastronomía venezolana:

P. ¿Su familia emigró de Italia? ¿Cuándo y por qué?
R. Mis abuelos paternos y abuelo materno emigraron de Sicilia alrededor de 1950 por las dificultades que conllevaba la guerra. Eligieron Venezuela por las oportunidades que brindaba el país en ese momento.

P. ¿Por qué se fue de Venezuela?
R. Me fui de Venezuela en 2013 porque, como muchos, buscaba tener una estabilidad e independencia que lamentablemente en mi país no podía desarrollar.

P. ¿Cuál es la mayor diferencia que encuentra entre la cocina española y la venezolana?
R. Diría que la manera en que se acompañan los platos, en Venezuela no puede faltar el arroz en una comida, mientras que acá es la patata frita.

P. ¿Qué es lo que más le ha llamado la atención de nuestra cocina?
R. Me llama la atención el gusto por lo sencillo y natural en muchas de las comidas como, por ejemplo, la típica barrita de pan con tomate y aceite de oliva (que me encanta).

 

Bueno, aquí continuamos con mi experiencia gastronómica en Arepa mía.

Para beber ofrecen diversos zumos y batidos, escojo uno de estos últimos, el Elisina (5,90 €), con leche, fresa, plátano, canela y miel. Dulce, suave y con marcado sabor a canela.

Empezamos picoteando 4 tequeños (5,90 €). Son unos palitroques de queso semiduro blanco, que en Venezuela se denomina queso llanero, envueltos en una masa de harina de trigo, agua, huevo y mantequilla, muy similar a la brisa, y fritos. Resultan un aperitivo agradable y sencillo.

Seguimos aperitiveando, ahora tocan tostones de carne (7,50 €), plátano verde frito, carne mechada y queso blanco. Las rodajas de plátano macho frito son ligeramente crujientes y sirven de apoyo para la carne mechada, que es falda de ternera guisada con cebolla, pimiento rojo, tomate, comino y cilantro y deshilachada —es decir, nada tiene que ver con la carne mechada andaluza— con queso blanco rallado y fundido por encima. Un conjunto muy sabroso. La carne mechada, cuya denominación posiblemente provenga de «mechón» pues al deshacerla sus hebras parecen una especie de mechones, me gusta en todas sus versiones y en Sudamérica y Centroamérica, en general, es una elaboración fundamental para numerosos platos.

Ahora vamos con las arepas, elegimos tres versiones. En primer lugar una reina pepiada (5,90 €) con pollo marinado con salsa de cilantro, aguacate y queso gouda. Sabe bastante a cilantro, más seco que fresco, y tiene una textura muy cremosa y delicada. El pollo es una masa de hilos finos con mahonesa que, con el aguacate, crea un todo suave y agradable. Una arepa curiosa, rica, fresca, veraniega.

Después toca la arepa pabellón (5,90 €) con carne mechada de ternera, frijoles negros, plátano maduro y queso blanco. Esta arepa, que es como el plato conocido como «pabellón criollo» pero sustituyendo el arroz con la propia masa de la arepa, es una bomba sabrosona, donde el intenso gusto umamesco de la carne mechada contrasta con la solidez de los frijoles negros, la levedad del queso blanco y la dulzura de plátano maduro. Muy y mucho estupenda y perfecta para el invierno pues aporta calorías a tutiplén.

Para finalizar la parte salada, escogimos una arepa guarico (5,70 €) con cerdo al horno marinado y queso gouda. Aunque había alguna parte del cerdo algo secañosa, tenía un sabor a asado potente, casi modo cochinita pibil, y el queso aportaba su suavidad, grasa y fino sabor picante. Rica que riquis.

En todas las arepas me falló la masa de las propias arepas, demasiado dura y crujiente para mi gusto. He probado arepas caseras alguna vez y suelen ser más suaves, más tiernas, más ligeras. En cualquier caso, con la cantidad de relleno que llevaban era necesario que el andamiaje fuera firme porque, de lo contrario, el desparrame del relleno hubiera sido fastántico. He de decir que, precisamente por esa tendencia al desparrame, no es un tipo de comida para una cena romántica y/o elegante donde quieras quedar como un/a señorito/a.

De postre, torta tres leches (4,90 €), un postre típico venezolano consistente en un bizcocho bañado en leche y con crema de leche condensada y evaporada, merengue por encima y canela. Delicado aunque demasiado dulce para mi gusto.

Recomiendo este sitio para una comida informal y sabrosona en casa o en el propio establecimiento con amigos, en plan relajado, de picoteo, con zumos o batidos para refrescar, pues es una cocina contundente.

Web: Arepa mía.

Comida callejera vs. apoltronamiento/acodamiento

Que en Sudamérica y Centroamérica la comida callejera es como para nosotros las tapas está claro, no hay más que ver los trescientos mil millones de tacos mexicanos, la amplia variedad de empanadillas argentinas y chilenas o los diez mil tipos de arepas venezolanas que se venden y degustan en sus calles. O, aquí en Madrid, basta con observar a las señorinas que pululan con sus carritos de la compra llenos de empanadillas de estraperlo por las inmediaciones de Bravo Murillo más allá de Cuatro Caminos.

En Europa la comida callejera también triunfa, desde siempre. En Italia tienen su pizza fritta y su focaccia y tantas otras exquisiteces con masas, como las piadinas y los bocatas de callos, y sin masas, como el caldo de pulpo o los arancini. En Bélgica tienen sus pommes frites para comer por ahí o sus gofres. En Francia, crêpes dulces y salados por doquier. En Inglaterra, los fish and chips y tropocientosmil tipos de sándwiches a cada cual más rico. En Alemania currywurst y otras salchichas variadas. Diversos tipos de kebabs y empanadillas con diferentes rellenos, por su parte, son la seña de identidad de muchos países de Europa del Este y, por inmigración, de Europa Central. EE.UU. tiene camionetas con de todo, incluidos sus riquísimos bocatas de langosta. En Asia la comida callejera incluye brochetas variadas, baos o cualquier cosa que uno se pueda imaginar comer en movimiento. En África son dados a las carnes a la brasa, pinchos variados

Sin embargo, lo nuestro es la cervecita y la tapita en plan terraceo después del currete, parafraseando a Pantomima Full. Lo máximo que concebimos para tomar por ahí, andando o tirados en algún lado es la bebida; sí, el botellón sí nos va.

En realidad, sí ha habido y hay algo de comida callejera pero no un plato hecho y derecho salado. La propuesta gastronómica de calle tradicional española es restringida y dulce: caben destacar los barquillos, las castañas, las almendras garrapiñadas, la horchata, los helados, los churros y las porras.

Eso sí, en eventos recreativos, sí comemos bocadillos y otras cositas mientras andamos y también se organizan reuniones de camioncitos y mercadillos gastronómicos, pero es algo temporal; no es una constante en nuestras calles. No parece que los seres ibéricos (pues en Lisboa, o más en general en Portugal, tampoco recuerdo mucha comida callejera excepto en fiestas populares), por costumbre, seamos dados a comer mientras andamos sino que lo nuestro es apoltronarnos en una terraza, en plan al aire libre, o acodarnos en una barra, ya en interior. Incluso diría que estas dos opciones «el acodamiento» y el «apoltronamiento terracil» se prefieren, en España, respecto a una mesa hecha y derecha, con su mantel y todo su equipamiento preceptivo. ¿Qué nos lleva a ser así? El clima no influye pues en España es variado y a la hora de darnos a la bebida en la calle no tenemos miramientos. Es verdad que las leyes actuales de venta de comida por la calle son realmente estrictas, a diferencia de en otros países, pero eso es actualmente, antes no creo que fuera así y antes también éramos unos apoltronados y/o acodados. Por las porciones que ofrece la comida callejera tampoco es, pues las tapas, la mayoría de las veces, no son nada, y la gente se toma 3 cervezas con 3 tapas compartidas de patatitas, altramuces y aceitunas y dicen que ya han comido, pero luego se quejan de las raciones de los restaurantes de lujo, bueno, este ya es otro tema. En cualquier caso, la cantidad de comida no influye, el clima tampoco, las leyes actualmente sí, antes no, ¿qué nos pasa con la comida callejera? ¿Es el tipo de comida? El bocata es algo tradicional y, sin embargo, casi no existen bocadillerías y donde hay bocatas suelen tomarse en barra o en mesa alta. Las propias croquetas se podrían comer perfectamente por la calle, pero no hay croqueterías con ventana a la calle para llevarse una croqueta de paseo, como si fuera un perro redondo, doradito y crujiente, una especie de setter inglés gordo y comestible. Los molletes andaluces y también una porción de empanada son perfectos para comerlos andando y no hay puesto callejero que los venda. Para su elaboración, todos los ejemplos mencionados, en su versión calle, no conllevan un lugar particularmente equipado: una sartén, un horno y poco más. Pues no, no se venden en puestos callejeros y donde se venden se suelen comer, no se llevan de paseo. Así que tampoco el tipo de gastronomía parece influir.

¿Dependerá de la arquitectura de las ciudades? La arquitectura de nuestras ciudades es variada, tenemos callejuelas, plazas, grandes avenidas, tenemos un poco de todo, no es que no haya espacio para fragonetas o puestos. Es verdad, eso sí, que nuestras ciudades no se prodigan en asientos o lugares de descanso con algún arbolito, banco y fuente. Este puede ser un factor pero en muchos sitios de los mencionados previamente tampoco ofrecen estas comodidades para la comida callejera y la comida callejera se expande en todo su esplendor. Así que la arquitectura tampoco parece determinante.

Empiezo a pensar que puede que haya habido en algún momento una intoxicación alimentaria por algo de comida callejera en el pasado y, a partir de ahí, se haya vinculado la comida callejera a falta de salubridad. Y en consecuencia, entre la sociedad, esté mal visto y, por su parte, el Estado haya establecido sine die que no es recomendable. Y tal vez, tras años de normativas restrictivas de los puestos callejeros por dicha falta de salubridad, nosotros nos hayamos convertido en seres predispuestos genéticamente al acodamiento/apoltronamiento a la hora de comer y que moralmente consideramos dicha comida callejera algo sucio y despreciable.

En cualquier caso, por suerte, hay locales que ofrecen versiones de comidas importadas —tipo tacos, perritos calientes, kebabs o las propias arepas— que nos animan, si lo deseamos y nuestro condicionamiento genético/moral nos lo permite, a comer alegremente por la calle.

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