Sobre las obras (las visibles y las invisibles) | Somos Malasaña

Sobre las obras (las visibles y las invisibles)

Soy de los que creen que se puede hacer ciudad sin tener a un ejército de ingenieros y obreros trabajando día y noche

Obras en calle Barceló | SOMOS MALASAÑA

Pedro Bravo

Acabo de publicar un libro sobre las causas y consecuencias de la saturación turística —Exceso de equipaje (Debate, 2018)—, tengo por ahí un ensayo sobre la bici y las ciudades —Biciosos (Debate, 2014)— y una novela narcoexistencialista —La opción B (Temas de Hoy, 2012)—. Soy socio de Soulandia, una agencia de comunicación, y de Espíritu23, un coworking. Vivo en la linde occidental de Malasaña.

15/12/2018

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Hay quien piensa que, si una ciudad no está constantemente en obras, no existe. Para esa gente, una ciudad sin vallas, sin zanjas y sin martillos neumáticos es una ciudad inventada como las invisibles de Italo Calvino. Madrid, durante las alcaldías de Álvarez del Manzano y Ruiz Gallardón, existió muchísimo. Fueron casi veinte años de no poder salir a la calle sin el casco de obra; cuatro legislaturas en las que los madrileños sabíamos que íbamos a maldecir por las molestias de los trabajos en marcha hasta tres meses antes de las correspondientes elecciones, momento en que se acababan y se nos olvidaban automáticamente (las obras, no las elecciones).

En aquella época, entre obra pública y promociones privadas, Madrid acaparaba buena parte de la maquinaria de construcción del continente. No es una exageración, es una noticia que se dio entonces y que se celebró como una victoria en la Champions. En Madrid había tanta obra que aquí a Danny de Vito se le recuerda más por una frase que pronunció al sufrirlas que por ninguna de sus películas, aunque igual esto no es tan raro.

A mí no me parece que una ciudad tenga que estar permanentemente profanada para ser tal cosa. Soy de los que creen que está bien ir haciendo ñapas y hasta de vez en cuando meterse en una faena gorda y necesaria, pero que se puede hacer ciudad sin tener a un ejército de ingenieros y obreros trabajando día y noche. A veces, algunas obras arreglan más el narcisismo del que las ordena que una penuria real. De hecho, veo más a Calvino retratando una ciudad imaginaria cubierta de andamios, plagada de agujeros y gobernada por un emperador con pinta de empollón que una en calma, sin tuneladoras ni desvíos. Pero quizás digo todo esto porque ahora mismo estoy rodeado de vallas.

Las obras han vuelto a Madrid y, como siempre, se han quedado en el centro de la ciudad. Por cierto, he aquí un efecto secundario positivo de las obras: consiguen el raro consenso de los del cogollo con los de la periferia. Unos y otros sostienen que los martillos neumáticos siempre repercuten en la zona histórica y turística. Unos y otros sugieren que ya es hora de que se hagan cosas más allá.

Las obras han vuelto a Madrid, decía, en el plano físico, pero también en el otro. Gracias a los presupuestos participativos, ahora los madrileños podemos proponer y votar qué mejoras se deben hacer en nuestros distritos y en la ciudad en general. Y luego, una vez aprobados los proyectos, imaginar que algún día se harán, aunque ese día no acabe de llegar nunca. Así, podemos también construir en nuestras cabezas la ciudad que nos dé la gana, casi siempre tan invisible e imaginada como cualquiera de las de Calvino.

Acabo. Las obras han vuelto a Madrid y, en concreto, alrededor de casa: la reforma de Amaniel, el parque de Santa Cruz de Marcenado, la plaza de España, la Gran Vía ya inaugurada. Y a mí esto del ruido, las grúas y los agujeros me disturba pero también me pone nostálgico. Recuerdo de cuando era joven y la aventura de trasnochar tenía el añadido de la pista americana en cada calle. Y me acuerdo de una muy buena que me dijo mi buen amigo Nacho, un lema que se inventó para una campaña electoral de los alcaldes de entonces y que casi podría valer también ahora: “Vallas donde vayas”.

 

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