Sobre la guerra entre vecinos y hosteleros y la paz necesaria

Para superar este bache se requiere un replanteamiento común. Para pensar juntos hace falta hablar y, sobre todo, escuchar. No sé si se está haciendo

Cartel colocado por un bar en la plaza del Rastrillo durante la pandemia | SOMOS MALASAÑA

Pedro Bravo

Escribo ensayo —Exceso de equipaje (Debate, 2018), Biciosos (Debate, 2014)— y ficción—La opción B (Temas de Hoy, 2012)—. Soy socio de Soulandia, una cooperativa que trabaja la comunicación de organizaciones y proyectos, y de Espíritu23, un coworking. Vivo en la linde occidental de Malasaña.

8/08/2020

Coronavirus
Destacado
Opinión
Stories Matritenses

¿Qué es un vecino? Si nos ponemos académicos, es “quien habita con otros en un mismo pueblo, barrio o casa, en vivienda independiente”. Pero las definiciones (y las academias) son, por definición, excluyentes y limitadas. Ésta también. No recoge la vecindad de quienes habitan en un barrio pero no en una casa. Tampoco la de quienes trabajan o tienen negocios en ese barrio. ¿No son vecinas las personas sin hogar? ¿Tampoco quienes pasan diez horas trabajando y consumiendo en un lugar? ¿Ni quienes montan las oficinas y los negocios que hacen posibles esos trabajos y esos consumos?

Las preguntas son siempre pertinentes y éstas lo son aún más ahora. Este fin de semana en Madrid se hace el primer cierre voluntario del ocio nocturno bajo el lema La noche se apaga. Los bares y discotecas que se suman a él lo hacen “como protesta a las medidas impuestas por la Comunidad de Madrid”. Sin ánimo de ser pesimista, la situación para la hostelería madrileña es demoledora. Con o sin límites de hora, el ocio consistente en beber de cerca en espacios cerrados tiene un presente y un futuro negros. Y más si se plantea como una guerra de “vecinos contra hoteleros en el corazón de la capital”.

El titular recién mencionado es de El País del jueves pero podría ser de cualquier otro medio en cualquier otro momento. El conflicto es permanente y recurrente, especialmente en un barrio como Malasaña. Ya escribí aquí en mayo sobre cómo el coronavirus y la crisis económica consecuente iban a afectar a una zona tan especializada en hostelería y turismo y se requería por eso un replanteamiento común. Pero, para pensar juntos, hace falta hablar y, sobre todo, escuchar. No sé si se está haciendo.

Los vecinos (los que habitan en viviendas) quieren mantener cerrados los locales por miedo a la masificación y al incumplimiento de las normas. Los hosteleros (que yo creo que también son vecinos) defienden su necesidad de sobrevivir. Las posiciones son tan lejanas ahora como casi siempre. Ha habido puntos de encuentro, como las reuniones de la Plataforma Maravillas para organizar las fiestas autogestionadas, en las que se palpaba la tensión entre bandos pero había espacio y disposición para el diálogo entre las distintas sensibilidades. Hace falta recuperar ese espíritu.

Es verdad que la sobreabundancia de garitos provoca que el barrio se convierta en un bar (y un urinario) al aire libre y que eso colisiona con los derechos de los habitantes. Pero también salta a la vista la intransigencia de los vecinos o, más bien, de quienes se atribuyen su representatividad. Cuando unos se defienden, usan argumentos de acero como empleo y desarrollo económico. Cuando lo hacen los otros, lo mismo pero con los presuntamente opuestos: descanso, seguridad, limpieza.

El momento es crítico para todos. La desaparición de los negocios de hostelería puede dejar un agujero difícilmente soportable para Malasaña: pérdida de empleos, locales vacíos, desaparición de lugares de encuentro y socialización, cierre de negocios y empresas relacionadas, deterioro del tejido y la oferta cultural, menos gente en la calle pendiente de otra gente… En este caso, creo que los autodenominados vecinos tienen que hacer un esfuerzo por ponerse en lugar del otro (que, insisto, también es vecino): una cosa es querer un barrio tranquilo, otra es presionar para que sea un desierto.

Yo soy vecino del barrio de muchas maneras. Habito una casa, participo en un negocio y soy asiduo de muchos otros. La verdad, no sé por cuánto tiempo seguiré viviendo todas y cada una de estas formas de vecindad. Pero sí sé que ya echo muchísimo de menos a Sebas, mi vecino de La Pródiga, uno de los primeros en cerrar.

Más Stories Matritenses:

Recibe las noticias de Somos Malasaña

Subscríbete a nuestra newsletter o síguenos en Facebook, Twitter, Instagram o Telegram

Apoya al periódico de tu barrio y asóciate a Somos Malasaña


Somos Malasaña es un proyecto de periodismo local independiente asociado a eldiario.es, en el que puedes informarte de las noticias que te tocan más de cerca. Solo nos financiamos con la publicidad y el apoyo de nuestros lectores más comprometidos. Si tú también quieres ayudarnos hazte socio o socia de eldiario.es y destina una parte de tu cuota a Madrid - Somos.

Nuestro trabajo necesita de tu apoyo, y cuesta dinero. Te necesitamos para seguir. Hazte socio. Hazte socia.

9 Comentarios

  1. Carlos

    Siento mucho que cerrara La Pródiga pero esto es Malasaña, un bar cierra y se abre otro. Es ley de vida.
    Tras mas de 40 años viviendo aquí han pasado muchos comercios. Se echa de menos la zapatería, panadería y tienda de ultramarinos de antaño, ahora son todo bares y pasa lo que pasa, que no hay tanto dinero para el mismo negocio. Yo hace años que no voy de terrazas en el barrio, te clavan de una manera brutal.

    Responder
  2. Pepinus

    El problema es que la hostelería no vive del despacho de bebidas, vive de la embriaguez, es decir, de los márgenes que dejan quienes consumen más de lo que deberían. Esos son los que suelen generar mayor ruido, orines y «movidas» varias. Ya un par de vasos estimulan, hacen subir el volumen de las conversaciones y generan mayor ruido. Si añadimos el exceso de garitos y terrazas por km2 en Malasaña, entiendo que el vecindario esté mosca. Es una putada ver que en tu barrio ya no hay casi un zapatero, una pescadería o una papelería porque a local que se vacía, garito (o tienda de gilipolleces decorativas o de ropitas, objetitos vintage etc) que se instala. No dudo que después de darse un garbeo por Mango, Zara y demás «mole» redondear la jugada en una placita viendo edificios bajos y balconcitos con su bombona de butano.
    Por otra parte, Malasaña siempre fue zona de baretos (algunos legendarios) y es posible que mucho protestón sea de reciente instalación en el barrio, pensando que se venía al Greenwich Village, en plan «guay» y ahora ve de qué va la vaina. En el fondo, muchos de los que protestan en el fondo lo hacen porque ahora ya no encuentran sitio fácilmente en esa misma terraza a la que denuncian: Una patología de «Me first», de territorialidad, similar a cuando un grupo de rock marginal que te gusta llega al Top 40 y todos compran sus cd’s, te entra un mosqueo de «veterano»: «Yo los conocía cuando nadie los escuchaba».
    Un conflicto más de un Madrid echado definitivamente a perder, no tanto por gestiones urbanas dudosas (bastaría que el ayuntamiento tuviese potestad para, a local que se libere, obligar a una diversificación de actividades e impedir que sea otro bar más) si o por las mentalidades depredadoras de «toma el dinero y corre» ligadas a los perfiles turísticos en un país que ya casi sólo sabe vivir de eso.

    Responder
  3. El block de Pekas.

    Esto es lo que tiene en apostar al turismo de pandereta y olé ,finiquitando el comercio de cercanía para dar servicio al visitante, ahora que no hay visitante, nos damos cuenta de que sobran bares , y nos enzarzamos con los vecinos porque no los llenan ,cuando a base de alquilar por Air B&B los habéis hechado. Pues con vuestro pan os lo comeís y los pisos también .

    Responder
    • Manuela

      Menudo cacao tienes.. los pisos que se alquilan a turistas o se venden por un pastizal son/eran de otros vecinos. Con gente tan fuera de la realidad imposible dialogar nada… menos mal que sois cuatro y con argumentos de traca.

      Responder
    • Mara

      te apoyo

      Responder
  4. Ex vecino

    Sin lo que seguro que no puede existir un barrio es sin vecinos permanentes. Después de 20 años viviendo en él, nos fuimos s principios de año.
    Ahora que el AirB&B con el que tan contentos estabais porque os llevaba los locales ha cerrado, estáis muy preocupados porque no hay clientes.
    Disfrutad del macro complejo turístico que queríais y habéis conseguido. En el pueblo donde vivo ahora no ha cerrado ni un bar, ¿Por qué será?

    Responder
    • Manuela

      Poca capacidad de comprensión lectora, “ex-vecino”. Los locales con el cierre echado llevan décadas existiendo… antes de internet, de airbnb, y desde luego mucho antes de que llegases y después te fueras al pueblo. Poco tendrás que hacer allí para venir a trolear… bájate al bar y tomate algo, tu que puedes.

      Responder
    • Mara

      ahora comeros con patatas el deterioro q solo los modernos y especuladores habeis hecho de Malasaña

      Responder
  5. Daoiz

    Los que llevan años autodenominándose representantes de todos los vecinos, también llevan esos años mintiendo mientras aseguraban que sólo estaban en contra de la hostelería ilegal. Ahora, aprovechando la pandemia, se han quitado las caretas y ha quedado claro que lo que pretenden es que cierren absolutamente todos los bares. Los que lleva décadas en el barrio y pertenecen a vecinos y sus familias también. Su idea de barrio perfecto es como una urbanización en la sierra con el ambiente del Palacio de Hielo de Madrid durante el confinamiento. Mezquinos y miserables que sólo se representan a ellos mismos, su búsqueda de subvenciones y repercusión mediática. A ver cuánto tardamos en ver a Jordi Gordon fichando por algún partido y olvidando el megáfono.

    Responder

Deja un comentario