Sobre devolver el pueblo a la ciudad | Somos Malasaña

Sobre devolver el pueblo a la ciudad

Está claro que Madrid ya no es "poblachón manchego" que dijo Mesonero Romanos, autor de Historias Matritensis. En tiempos de Stories Matritenses, ¿nos será posible echar el freno y llevar la ciudad a una escala más humana?

Calle San Andrés, subiendo desde el Dos de Mayo...a veces parece un pueblo pero... | SOMOS MALASAÑA

Pedro Bravo

Acabo de publicar un libro sobre las causas y consecuencias de la saturación turística —Exceso de equipaje (Debate, 2018)—, tengo por ahí un ensayo sobre la bici y las ciudades —Biciosos (Debate, 2014)— y una novela narcoexistencialista —La opción B (Temas de Hoy, 2012)—. Soy socio de Soulandia, una agencia de comunicación, y de Espíritu23, un coworking. Vivo en la linde occidental de Malasaña.

8/06/2019

Opinión
Stories Matritenses

Madrid sigue presumiendo de ser un pueblo con hechuras de gran ciudad. Y no. Quizás lo fue y nos queda la sensación, como esos ecos de dolores pasados que nos vienen a veces al cuerpo aunque ya no están. Aviso porque me lo noto: me va a salir un texto nublado.

A los madrileños nos gusta pensar que aquí se puede manejar el tiempo, que podemos gastarnos una noche bebiendo y suspender el trabajo del día después para celebrar la resaca, que vamos a por el pan y no llegamos nunca porque conocemos a toda la gente que nos cruzamos por la calle, que vivimos tranquilos y pausados en mitad del agite de una capital europea como no se vive en ninguna gran capital europea. Y que no.

Cuando el urbanista danés Jan Gehl explica el significado de la escala humana en una ciudad lo hace no tanto hablando de tamaño como de velocidad, de la que nos permite o nos impide percibir, ver, oír y hasta oler, lo que sucede alrededor. El diseño, claro, tiene relación con esa velocidad. No es igual el ritmo que imprime un PAU que el que marca un barrio como Malasaña. Aquí se va más despacio porque el trazado es de cuando, efectivamente, Madrid era un pueblo tirando a grande. Pero, en general, en esta ciudad también han ganado Haussmann y Le Corbusier a Gehl y a su inspiradora, Jane Jacobs. Las calles nos hacen correr.

De todos modos, no estoy hablando de movilidad ni de urbanismo. Nuestra imparable aceleración responde a otra causa más profunda (que es también responsable de esas formas de movilidad y urbanismo). Vamos deprisa porque esto sólo funciona así.

Vamos deprisa porque cada vez vivimos más lejos y por eso tenemos que correr para que nos dé tiempo a trabajar, cuidar, comprar, entrenar, socializar y limpiar. Vamos deprisa porque nos quitamos tiempo de descanso para ver las series que hay que ver, para contestar mensajes, para decir me gusta con un click y para esperar a que alguien nos diga que también le gusta lo nuestro. Vamos tan deprisa que no vemos ni oímos ni olemos nada de lo que sucede alrededor porque estamos suspendidos en un estado de egoísmo mal entendido y siempre insatisfecho.

Lo explica muy bien mi amiga y vecina Marta Peirano en El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019), su flamante ensayo sobre manipulación, vigilancia y tecnología. Lo hace citando a la artista y pensadora alemana Hito Steyerl y a la caída de Alicia en el agujero del conejo, una forma de suspensión animada, “el estado en el que nos mantiene el capitalismo superacelerado, una especie de parálisis en la que consumimos sin control, suspendidos en un trance angustiado del que tratamos de despertar consumiendo más y más cosas”.

Ya dije que esto tenía pinta de salirme gris. ¿Luz? Igual hay un interruptor por ahí. A muchos nos ha dado por creer que la solución pasa por huir al pueblo, aunque tengamos que inventar. Puede que sí o puede que sólo sea otro anhelo, otra inquietud. Igual podíamos empezar a pensar en traer el pueblo de nuevo aquí, en devolver esa actitud relajada a Madrid. Claro: hablo de contener el imparable impulso del capital y suena tan fácil como ver que se acerca el tsunami, quedarse quieto y tomar aire. Pues sí. Creo que la revolución empieza parando.

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