Pepi, la peluquería de las abuelas de Malasaña

Tercera entrega de la serie 'Supervivientes', en la que pasamos revista a comercios tradicionales de proximidad

Pepi Roa lleva 40 años entre rulos y pinzas poniendo guapas a sus clientas de Malasaña | SOMOS MALASAÑA

A la peluquería Pepi, en el 34 de Espíritu Santo, se accede a través del portal del edificio. Hasta en lo de no tener una entrada a pie de calle se nota que es un negocio antiguo. Pepi Roa lleva trabajando en este local-vivienda desde el año 1981, si bien no se puso al frente del mismo hasta 1987, convirtiéndose en jefa con sólo 24 años. Eso sí, en este espacio se llevan peinando las mujeres del barrio de Maravillas desde, al menos, 1940, cuando lo regentaba Alfonso Santamaría, siendo un sitio especializado en postizos.

Muy alejada estéticamente de las peluquerías que han ido abriendo en Malasaña en los últimos años, con cuidado diseño y una desbordante modernidad, peluquería Pepi conserva el gotelé y el estilo austero de decoración que podía presentar cualquier hogar obrero de principios de la década de los 90, fecha de su última reforma, porque aquí lo importante no es el envoltorio sino que se hace bien lo de toda la vida y, además, con precios que no han sido revisados desde hace más de una década.

«A mis clientas no les gustan los cambios de ningún tipo. Aquí vienen a hacerse lo de siempre, a encontrarse a la gente de siempre y a que las arregle su Pepi: peinado y secado a mano, tintes, permanentes y poco más. Eso es lo que quieren». Cuando Pepi Roa habla de sus clientas se refiere a mujeres de Malasaña con edades comprendidas entre los 70 y los 90 y muchos años. Es la peluquera de las abuelas del barrio, un título que lleva con orgullo.

Salón principal de la peluquería | SOMOS MALASAÑA

«Aunque quienes no conocen esta zona más que por la noche puedan creer que es un barrio en el que todos los habitantes son muy jóvenes, hay que decir que no, que existe una gran comunidad de personas mayores viviendo en él. La mayoría son mujeres, que suelen tener pensiones bajas que les permiten pasar el mes con lo justo. En muchas ocasiones estas personas mayores viven solas y también se sienten muy solas», indica Pepi haciendo una rápida radiografía socioeconómica de un sector de la población de Malasaña, sus clientas, en el que dice que nos fijamos poco y por el que nos preocupamos aún menos.

Esa soledad en la que asegura que viven muchas vecinas y vecinos mayores hace que esta peluquera tenga activo un sistema de localización de clientas incondicionales en cuanto echa en falta a alguna de ellas: «Cuando estamos un tiempo sin saber de alguna tratamos de localizarla para quedarnos tranquilas y, por ejemplo, junto a María Rosa, de la mercería La Pequeñita, con quien comparto muchas habituales, hacemos frecuente recuento por teléfono de nuestras viejecitas para asegurarnos de que todo va bien».

En otro orden de cosas, Pepi echa de menos un barrio que antes estaba lleno de comercios de proximidad en los que se podía comprar de todo sin apenas moverse uno de su misma calle: «¿Dónde están las muchas fruterías y pescaderías que había en Espíritu Santo, o los puestos de la plaza del Rastrillo? ¿Qué fue de los zapateros remendones y de los electricistas y fontaneros? ¿Qué pasó con las muchas ferreterías e imprentas que había en la zona?», se pregunta retóricamente. «Las tiendas de Malasaña se han ido transformando en lugares de ocio y sitios para turistas, ayudado también por el hecho de que los comerciantes de siempre, según se han ido jubilando, no han encontrado relevo en sus casas, como sucedía antes: el comercio de proximidad es un sector muy esclavo para el que no vale todo el mundo». «Sin las pequeñas tiendas de al lado de casa para las personas mayores todo está muy lejos, incluso el Mercado de Barceló. A mis clientas al menos les queda su peluquería».

Rulos y pinzas, unos clásicos de la peluquería | SOMOS MALASAÑA

Pepi, a sus 58 años, confía en poder llegar con su negocio a la edad de jubilación, aunque confiesa que sería una meta difícil de conseguir si no fuera por el bajo alquiler que paga. Tiene un contrato de por vida y ahora su casero es el Ayuntamiento de Madrid, que se hizo con la titularidad del edificio cuando su última propietaria murió sin herederos conocidos: «Ya no tengo ayudantes en la peluquería. Hay días en los que incluso sobraría yo y encima no he subido los precios desde la última crisis gorda de 2008 porque la economía de mis habituales no lo permite. A negocios como el mío las franquicias nos han hecho mucho daño y para rematar, desde hace poco, los chinos han entrado también en el sector con unos precios que no se explican sin pensar en diferentes calidades de productos y cosas así».

Desde las dos grandes ventanas enrejadas de la peluquería se puede controlar a la perfección el tránsito de personas de la calle Espíritu Santo. Sus paredes atesoran millones de horas de secretillos y de esas historias cotidianas e íntimas que sólo se cuentan en lugares especiales y a oyentes especiales.

«Además de peluquería somos un sitio con calor de hogar, consulta de psicología y centro de tertulias donde lo mismo se habla de política que de sexo -«las personas mayores son muy descaradas al hablar de este tema, no se cortan un pelo»-, que se comparte el último chisme del barrio.

Pepi es un buen lugar para que un periódico local como Somos Malasaña tuviera, cuanto menos, un confidente, si bien advierte su propietaria que, como en un campo de fútbol, lo que pasa y se dice en este terreno de juego se queda ahí dentro.

Los secadores pelo de Pepi son joyas de los años 50 y siguen funcionando a la perfección. Son alemanes, de la marca Henry Colomer | SOMOS MALASAÑA

AÑOS DE DROGAS Y ROCK: «TÚ ERES LA PELUQUERA DE MI MADRE, A TI NO TE VA A PASAR NADA»

Rótulo de Pepi y ventanas a la calle Espíritu Santo | SOMOS MALASAÑA

Pepi Roa comenzó a trabajar de peluquera en Malasaña en 1981 y con 18 años se dio de bruces con la famosa Movida madrileña y también con los no menos famosos años en los que la droga arrasó a toda una generación de jóvenes del barrio, muchos de los cuales cometían pequeños hurtos y robos con los que conseguir dinero para pagarse sus dosis diarias.
De la noche disfrutó como cualquier joven y sonríe recordando aquellos tiempos de los que, discreta, sólo apunta que vio muchas cosas en lugares hoy clásicos como La Vía Láctea o la Sala Maravillas.
De la época de heroína por doquier recuerda cómo en la plaza del Rastrillo compartían espacio a plena luz del día yonquis y jeringuillas con niños jugando al balón. A los primeros, lógicamente, no los echa de menos aún hablando de ellos con ternura; a los segundos, sí.
En cualquier caso, asegura haberse sentido siempre agusto y protegida en el barrio, donde jamás sufrió ni un robo ni tuvo apenas sustos.
«Recuerdo tirones, cerraduras de coches reventadas, atracos a comercios… Pero yo me conocía a todos los cacos de la zona y, en general, estos protegían a los vecinos. Hasta para eso Malasaña era muy barrio. Un día que creí que un chavalillo me iba a atracar la cosa acabó de la siguiente manera: ‘¿Tú eres la peluquera de mi madre, verdad? Tranquila, que a ti nunca te va a pasar nada’. Antes todo el mundo estaba pendiente de sus vecinos, hasta los pobres que quedaron atrapados en la droga».
Hablando del tema droga, Pepi está justo enfrente del portal en el que un día apareció muerto el cantante de Los Secretos, Enrique Urquijo. «Una lástima lo de este chaval, que era muy majo y educado. Desde las ventanas de la peluquería veíamos desfilar a un montón de personas, y entre ellas a muchos famosos, hacia el 23 de Espíritu Santo. Todos sabíamos que era un lugar importante de distribución. Con los años la situación se hizo insostenible y dio pie a la aparición de patrullas ciudadanas y de caceroladas en contra de todo eso».

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1 Comentario

  1. @capitan_malasana

    Malasaña ya no es un barrio, y como otros barrios de la zona ya solo es… El Centro.

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