Marta Sanz: «Hay que pensar a lo grande para resolver problemas que pueden parecer puntuales pero no lo son»

Hablamos de literatura, de la ciudad y de la vida con la escritora Marta Sanz a propósito de Retablo, un libro ilustrado por Fernando Vicente en el que Malasaña está muy presente.

Marta Sanz | Carola Melguizo (foto proporcionada desde Páginas de Espuma)

José David Jimeno

Marta Sanz es una de esas escritoras que respira lucidez en cada uno de sus libros. Toda su obra es un es viaje sobre la realidad de nuestro tiempo. Una descripción de las paradojas que nos inquietan y que nos generan incomodidad. Porque Marta no escribe para que nos sintamos cómodos, ella escribe para que nos demos cuenta de cómo huimos de aquello que consideramos desagradable pero que a su vez forma parte de nosotros. Ella nos relata, nos da un trasfondo del lado mezquino que nos habita y acompaña y también de aquellas cosas que nos liberan. En toda su obra nos va dando claves de nuestro presente y zarandea para que nos percatemos de aquello que está sucediendo alrededor nuestro y que intentamos que pase desapercibido. Una autora que nos habla de nuestra realidad más cercana y que no queremos ver.

Hacemos esta entrevista aprovechando la publicación por Páginas de Espuma, editorial radicada en Malasaña, de su libro Retablo que contiene dos relatos ilustrados por Fernando Vicente y que están localizados en Malasaña.

– En tu último libro Retablo describes Malasaña como una metáfora en lo que se mezcla lo nuevo con la persistencia de lo antiguo, ¿cualquier tiempo pasado fue mejor?

No. Pero no consagrar Covadonga, al Cid Campeador o al brazo incorrupto de Santa Teresa, tampoco significa asumir acríticamente ciertas transformaciones que, lejos de hacernos la vida más cómoda, nos la hacen más infeliz, vigilada y encapsulada. No me gusta la nostalgia porque creo que la nostalgia es un filtro que dulcifica hasta la barbarie, pero a veces también pienso que, si de verdad el futuro ya está aquí, en ciertos sentidos el futuro es superchorra.

– ¿Lo qué ocurre en Malasaña es gentrificación o progreso?

Me parece que el atractivo de Malasaña siempre ha tenido que ver con su fusión de lo castizo y lo cosmopolita, de lo paleto y lo pedante. Es una metáfora de la ciudad de Madrid. Y creo que lo que está sucediendo en los últimos años en este barrio es un efecto perverso de la globalización que tiende a transformar el centro de las ciudades en territorios descoloridos donde los turistas se sienten cómodos en territorios reconocibles que pierden sus señas de identidad. En ese proceso las clases sociales menos favorecidas o los grupos humanos más vulnerables pierden sus espacios y parte de sus derechos. Sin embargo, con esta descripción podemos caer fácilmente en argumentaciones demagógicas porque no podemos olvidar que España, desde nuestra entrada en la UE, es un país consagrado al sector servicios. Lo cual no significa que la gente tenga derecho a esparcir su mierda por todas partes: habría que generar legislaciones que pusieran freno a los desmanes, sin perder de vista las exigencias de la economía en la que parece que hemos aceptado vivir. O desmontar el modelo económico de arriba abajo porque, si no, las contradicciones, malestares y violencias siempre estarán ahí.

Ilustración de Fernando Vicente

– En el fenómeno de la globalización en el que todas las ciudades se parecen unas a otras y que las tiendas de souvenirs del mundo son reflejos de esta turistificación y están llenas de horrores en los que todo se parece y lo único que cambia es el nombre de la ciudad, encontramos imanes iguales, bolsos, camisetas idénticos, ¿si tuvieras que llevar un regalo de Madrid qué llevarías?

Un cup-cake que, para mí, es la encarnación de lo siniestro: algo familiar que se vuelve extraño por la superposición de unas capas coloristas. Es como el mundo paralelo de la niña Coraline donde una familia, que es su familia pero no es su familia, se comporta como si todo fuese maravilloso; pero la maravilla esconde una exigencia: sustituir los propios ojos por unos botones. El colorismo del cup-cake para mí es el ejemplo de un pensamiento positivo moñas, que traslada el concepto de resiliencia desde lo psicológico -donde es utilísimo- hacia lo sociológico y lo político -donde resulta altamente pernicioso. Llevaría un cup-cake como broma macabra y como denuncia de ese imperialismo que nos cose botones en los ojos, pero de verdad, de verdad, creo que regalaría una novela de Benito Pérez Galdós. Y otra de Rosa Chacel que fue vecina de este barrio.

– ¿De qué se pueden sentir orgullosos los madrileños?

Deberíamos sentirnos orgullosos de la posibilidad de volver a establecer vínculos vecinales fuertes que nos permitan transformar la ciudad y luchar contra las desigualdades en los espacios urbanos. Hay que tomar conciencia de que esos vínculos son políticos y que posiblemente deberíamos rehabilitar en nuestro imaginario algunas palabras desprestigiadas por la mala praxis y las corrupciones de los últimos tiempos. Pero recordando que Madrid siempre ha tenido una vocación de ciudad abierta, híbrida, hospitalaria y mestiza en la que no caben los somatenes.

– ¿De qué deberíamos avergonzarnos?

De querer vivir en mausoleos, de encerrarnos en nosotros mismos, de experimentar un miedo que a menudo nos hace ser reaccionarios. De la regresión ideológica, moral y política que estamos padeciendo. De las corrupciones institucionalizadas. De tener un concepto de tolerancia cada vez más estrecho y clasista. No se trata de “tolerar” al otro, sino de aprender a convivir.

-¿Qué crees que necesita Madrid urgentemente?

Todo de lo que quieren privarnos el nuevo gobierno municipal y autonómico. Una decididísima apuesta por lo público -sanidad, educación, cultura…- que sirva para paliar las desigualdades de clase, raza, género, estado físico… Cuando se sutura la brecha de la desigualdad, las conductas violentas se reducen y el ocio, como vía de escape de la alienación y de las insatisfacciones cotidianas, deja de ser descerebrado y brutal. Me parece que hay que pensar a lo grande para resolver problemas que pueden parecen puntuales, pero no lo son.

En tus libros hay una mirada sobre el paso del tiempo; en nosotros, en las personas que se encuentran alrededor nuestro. Cuando dicen que vivimos una sociedad envejecida, ¿no te parece que desde los medios se trata de omitir esta realidad?

Hace poco escribí una columna en El País que se titulaba Vieja: en ella planteaba la idea de que, bien por egoísmo y bien por humanidad, no sería mala idea que empezásemos a plantearnos qué va a pasar con nuestros viejos, qué va a pasar con nosotros. En el barrio yo he convivido y convivo con muchas personas, mayores de setenta años, que a menudo están desasistidas: he retratado su vulnerabilidad en novelas como Black, black, black o en relatos como los que se recogen el Retablo. Yo suelo escribir de las cosas que veo cotidianamente y que me duelen, aunque a menudo lo haga desde el sentido del humor… Otro asunto que me inquieta mucho, en este sentido del paso del tiempo, es que, con el cambio del modelo analógico al modelo digital, muchas personas estamos envejeciendo prematuramente por esa pérdida de referencias y ese cambio de formas de vida y de sentimentalidad a las que antes he aludido. Pienso que la literatura, por su lentitud, su silencio, por su exigencia, por la forma de procesamiento de la información de propicia -lo no evidente, lo que hay que leer por debajo, las connotaciones, lo no explícito, lo expresivo…- puede ser un modo de insurrección frente a un nuevo modelo de pensamiento único que, bajo la apariencia de pluralidad, reduce a los seres humanos a consumidores solo preocupados por los fetiches – móviles, vibradores, etc. – privilegiando modos de pensamiento, vertiginosos y efímeros, que dificultan la posibilidad crítica.

– ¿Cómo eliges los libros que vas a leer?

Yo ya casi no elijo nada. Escribo crítica literaria, de modo que el periódico me hace propuestas que yo acepto o rechazo. En general, me interesan mucho los libros intrépidos, es decir, aquellos libros que suscitan preguntas en los lectores y las lectoras por cómo están escritos. En literatura el estilo, las formas de representación de la realidad son ideológicas, así que opto por aquellos textos en los que el riesgo formal, lo no previsible, la subversión de los códigos y los géneros, me está formulando preguntas sobre el mundo en el que vivo. Yo, como todo el mundo, leo para entretenerme, pero también leo para aprender a mirar desde otros lugares y replantearme mis prejuicios. Leo para imaginar y para intervenir en lo real.

Por último el feminismo es un movimiento de igualdad entre hombres y mujeres ¿Por qué esto que parece tan sencillo no se quiere entender?

Porque hay colectivos que se niegan a perder unos privilegios que se han normalizado como derechos a través de legislaciones manifiestamente injustas. Y para no perder esos privilegios generan discursos de un ficticio “sentido común”, anclados en un tradicionalismo rancio y enquistado, que demoniza cualquier intento de igualdad. Por eso, se dicen bobadas como que el feminismo es lo contrario que el machismo cuando lo segundo es la enfermedad de un sistema económico, social y cultural perverso, y el feminismo es una aproximación a la vida que pretende desvelar esas prácticas “normales” que realmente nunca lo fueron porque establecían relaciones de poder en las que siempre perdemos las mismas: las mujeres, las mujeres pobres, las mujeres pobres no blancas, las mujeres pobres no blancas lesbianas, las mujeres pobres no blancas lesbianas enfermas, etc. etc. Yo creo que nos estamos repensando, estamos cuestionando lo incuestionable, estamos buscando genealogías silenciadas y estamos encontrando modos renovados de mirada y de escritura que pueden ayudarnos a comprender y a transformar una realidad a menudo cruel. Y todas y todas nos beneficiaremos de ese cambio.

2 Comentarios

  1. @capitan_malasana

    Hemos globalizado la misma degradación que afecta a los centros urbanos de muchas ciudades de occidente (españolas incluidas), con el beneplácito de las autoridades. El motivo último a lo que obedece, si debería se objeto de reflexión. Que se comercialice en esos centros urbanos las mismas estupideces para comer, vestir o regalar es lo menos preocupante.

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  2. Juan

    El problema de malasaña no es la globalización. Por Dios, estamos en una principal capital Europea. El problema es el abandono, la falta de aplicación de leyes y seguridad. Que un vecino no pueda andar por la calle sin pisar meados y latas cada metro. Que no pinten la puerta o ventana de tu casa o no se cuelen en tu portal para hacer botellón. El problema es que nos hemos olvidado lo que es poder dormir sin que te despierte la fiesta del piso de estudiantes de al lado o los gritos de borrachos. El problema es la sensación de vivir en un estercolero. El problema no es un cupcake. El problema es que es un barrio sin ley

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