Las andanzas universitarias de un joven e imberbe Unamuno

Miguel de Unamuno llegó con 16 años a Madrid para estudiar Filosofía y Letras en la Universidad, en la calle de San Bernardo. Vivió en diversas pensiones del entorno durante este periodo de formación personal y de su pensamiento

El pasado fin de semana se estrenó con gran éxito Mientras dure la guerra, película de Alejandro Amenábar que ha situado al escritor Miguel de Unamuno en todos los telediarios y periódicos. El Unamuno que Amenábar refleja en la película es la gloria del pensamiento que vive el gran acontecimiento del siglo XX español a punto de terminar sus propios días: la Guerra Civil.

Hoy nos fijaremos, sin embargo, en el Unamuno que fue vecino del barrio de Universidad entre los años 1880 y 1884, un joven en formación que aún no había incorporado sus inseparables gafas ni su barba a su imagen, y que vivió y estudió en el entorno de la universidad.

En septiembre de 1880 llega a Madrid un joven Miguel de Unamuno de 16 años con destino la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, que se encontraba en la calle de San Bernardo. Caerá, como tantos estudiantes de la época, en una pensión humilde del centro, una buhardilla del Madrid pre-Gran Vía en el entorno donde hoy está el Edificio Telefónica. Allí, taciturno, se dedicó a estudiar, a añorar Bilbao, a leer las cartas de su novia Concha y a mirar con desdén una ciudad que no le parecía acogedora. “El cielo radiante de Madrid que no consigue templar el invierno me aviva el recuerdo de la tibieza de nuestro cielo de nubes”, dejará escrito por entonces.

El joven Unamuno vivirá en otras pensiones, siempre cerca de la universidad. Durante el curso 1882-83, en la plaza de Bilbao; posteriormente, en el 36 de la calle de Mesonero Romanos. Sin embargo, no da la vida de Miguel de Unamuno para una ruta nutrida de postas callejeras bajo el epígrafe El Madrid del joven don Miguel, precisamente porque, salvo el Ateneo –en cuya biblioteca Hegel y Spencer fueron echando a empujones de su cabeza el pensamiento tradicionalista católico– y la Biblioteca Nacional (entonces en la calle Arrieta), eran las cuatro paredes de su habitación y de las aulas el ecosistema más habitual del estudiante.

Podríamos añadir a su nómina de lugares el Círculo Vasco Navarro y su orfeón, algún café cercano a la Universidad donde jugaba al ajedrez, la Fuente de la Teja los domingos por la mañana (acudía para escuchar hablar euskera a las criadas), o la Iglesia de San Luis, próxima al Ateneo, que estaba entonces en la calle Montera y que era el escenario de sus alejamientos y reencuentros con Dios durante sus famosas crisis de fe.

El bachiller Unamuno encuentra durante su primer curso universitario a un maestro en Marcelino Menéndez y Pelayo, que curiosamente será el único que no le puntúe con sobresaliente con matrícula de honor en su asignatura Historia Crítica de la Literatura Española. En el curso 83-84, cuando está ya cursando el doctorado, las actividades de la facultad se trasladarán a una sede nueva en la calle del Prado.

El ambiente del Madrid de la Restauración que vivió Unamuno queda reflejado en sus relatos Nuevo Mundo y Paz en guerra, cuyos protagonistas (Eugenio Rodero y Pachico Zabalbide) son trasuntos del autor. Por boca de Rodero, joven llegado a la capital para estudiar, que mira la ciudad desde una pensión (nos suena), describe aquel Madrid de “caras extrañas, cataduras tristes, mendigos de retirada, los últimos trasnochadores y los madrugadores primeros, los detritus del vicio y de la miseria, y el trajineo de la basura”.

Durante aquellos años de recogimiento y percepción de hostilidad a su alrededor, lucha contra las dudas que la razón horada en su fe y también contra los peligros de la carne, que se le presentan en las calles nocturnas del centro de Madrid como ánimas grotescas y que llega a vivir en primera persona a través de la atracción que siente hacia la cocinera de una de las casas de huéspedes en la que vive:

Sus biógrafos, Colette y Jean-Claude Rabaté, describen aquellos momentos así:

Cada vez que se tocan, ambos “se ponen entonces como amapolas y respiran fuerte”. Cierta noche, el estudiante sienta a la muchacha en sus rodillas y sujetándole el talle con un brazo prosigue la lectura de sus libros mientras ella sigue haciendo media. A veces, se atreve a acercar la cabeza de la muchacha a la suya, “se rozan y se aprietan mejilla con mejilla”, pero jamás le da un beso; incluso una noche en que está enfermo, la muchacha se tiende en la cama en la oscuridad. En varias ocasiones, el campanillazo providencial que anuncia la vuelta de la patrona separa a los dos jóvenes y es entonces cuando el estudiante se siente consumido por un remordimiento y un dolor atroces.

En 1884, con el título de doctor bajo el brazo, vuelve a Bilbao. Madrid ha sido una etapa necesaria en el camino de su soñada cátedra en la ciudad del Nervión y los siguientes serán años de opositor y de viajero, hasta que en 1901 obtiene la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca, ciudad que quedaría ya ligada para siempre a su figura. Pero esta ya es otra historia…en la que Unamuno lleva gafas y barba.

PARA SABER MÁS:

CHABRAN, Rafael. Las nuevas ideas en el Madrid de Unamuno (1800-1884). 2002

RABATÉ, Jean-Claude. Madrid 1880: Un Nuevo mundo para el joven Unamuno. En Actas del XIII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, Madrid 6-11 de julio de 1998. Castalia, 2000. p. 194-204.

RABATÉ, Jean-Claude; RABATÉ, Colette. Miguel de Unamuno: biografía. Taurus, 2011.

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