La posguerra en viñetas: el tebeo como transmisor de la memoria política

A propósito de la exposición Los tebeos de la posguerra, que se puede ver estos días en el Conde Duque, hablamos con expertos en cómic e historia cultural para reflexionar acerca de la posguerra a través de las viñetas de ayer y de hoy.

Entrada de la exposición

Es sabido, a través de una repetidísima anécdota sobre la censura de la película Mogambo, que la España nacionalcatólica prefería el incesto al adulterio. Algo menos conocido es el hecho de que el mismo despropósito moral se produjo también en el mundo del cómic. Cuando el héroe de la saga importada Flash Gordon se enamora de la princesa Aura –casada con Barin, otro personaje–, el censor dictamina que ambos son hermanos…podemos imaginar la agitación en las cabecitas de los lectores españoles de la space opera. A esas alturas, ya habían pasado los tiempos en los que, tras la guerra, solo existía el cómic institucional de Falange (como Flechas y Pelayos o Chicos), pero la ideología seguiría presente en las viñetas de la cada vez más importante industria española del tebeo durante varias generaciones. Muchas veces como reafirmante del régimen totalitario y, en algunas ocasiones, como vía de escape creativa del mismo.

Hasta el próximo 1 de diciembre tenemos en el Conde Duque la exposición Los tebeos de la posguerra. Es una muestra ampliamente anunciada en marquesinas, urinarios públicos y demás mobiliario urbano municipal, por lo que podría dar la impresión de ser una exposición ambiciosa, pero se trata más bien de una propuesta de vocación modesta, cuyo mérito reside antes en la selección de viñetas de entre centenar y medio de publicaciones representativas de las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta, que en el artificio expositivo desplegado.

El recorrido de la exposición, alrededor de la Sala Sur del Conde Duque, dibuja un recorrido temporal que arranca en 1940, acabada la guerra, y termina en los 60. Algunos títulos que nos suenan más, como El Capitán Trueno, Pulgarcito, TBO, Roberto Alcázar y Pedrín o  El Guerrero del Antifaz se alternan con otros más desconocidos para dibujar una historia del franquismo a través de la cultura popular impresa.

El rey de la exposición es la viñeta original montada sobre papel pluma y contextualizada históricamente, en relación a las fases de la posguerra española y su aplastante realidad. Una exposición austera para ir con las gafas de ver de cerca y recrearse en los detalles.

Algunos tebeos que coescribieron nuestra posguerra

1940-45: victoria y represión.

  • Flechas y Pelayos: revista infantil de Falange Española Tradicionalista y de las JONS que se publicó semanalmente desde 1938 hasta 1949. Dirigida por fray Justo Pérez de Urbel, contaba con un suplemento llamado Maravillas.
  • Revistas Chicos y Mis chicas: Chicos fue fundada antes de terminar la guerra por el empresario franquista Juan Baygual i Bas. Pronto fue incautada y publicada por la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS. Mis chicas se publicó con recortes de la primera, enfocado a las niñas.
  • Roberto Alcazar y Pedrín: creada en 1940, es la serie más longeva del cómic español. Con este exitoso tebeo la propaganda deja de ser tan evidente y comienza a estar insertada en los argumentos, aunque hay quien vio en los rasgos de su protagonista la fisonomía de José Antonio Primo de Rivera (extremo negado por su creador).

1946-1950: aislamiento y autarquía

  • Hazañas bélicas: desde 1948 los españoles pueden leer en papel la Segunda Guerra Mundial, primero con inclinaciones germanófilas y luego estadounidenses.
  • Clarín: continúan las publicaciones falangistas, esta en el campo de las tiras de humor.
  • El Campeón: desde 1948, encontramos aquí ya a la mítica editorial Bruguera publicando humor con autores míticos como Cifré o Escobar. En Bruguera encontraría trabajo un republicano depurado de su puesto de Correos: el citado Escobar, creador de Carpanta o Zipi y Zape.
  • Mariló: al final de la década sale a la calle esta revista de los mismos editores que la famosa Jaimito, “revista ideal para niñas” con evidentes querencias por el modelo de mujer franquista.

1951-1955: el sendero hacia los pactos (Vaticano y Estados Unidos)

  • El Cachorro: llegan las historias de aventuras, fantásticas y el western a la americana. El Cachorro abordaba el mundo de la piratería
  • Mendoza Colt: cuaderno de aventuras, obra del guionista M. González Casquel y los dibujantes Martín Salvador, Armando y Jesús Herrero. Publicado por la editorial Rollán a partir de 1955.
  • Los hermanos Quesada, Pedro y Miguel, de la escuela valenciana de cómic, trabajaron en muchos títulos como Tony y Anita, Pacho Dinamita, ambientada en el mundo del boxeo, o Pantera Negra.

La posguerra a la luz del cómic actual

La batalla por la memoria de la Guerra Civil y la posguerra española se libra hoy en el mundo del cómic. Títulos como Cuerda de presas, El solar, o el pionero Barrio, entre otros muchos, dan cuenta de ello.

Vista de la exposición

Sin embargo, según nos cuenta David Fernández de Arriba, profesor de Historia y coordinador del libro Memoria y viñetas, la recuperación del recuerdo de aquellos años y su dureza no se inicia con la democracia:

Durante muchos años hubo un gran silencio, primero impuesto por la dictadura mediante la censura y la represión, y posteriormente autoimpuesto por una generación que quería mirar más hacia el futuro que hacia el pasado. Hasta que no se produjo el despertar memorialista, por llamarlo de alguna manera, en los últimos 90 y principios de los 2000, no empezaron a crearse tantas obras en diferentes medios. En muchos casos estas iniciativas estaban impulsadas por el deseo de los nietos y las nietas de recuperar la memoria de sus abuelos y abuelas. En el caso del cómic la situación es la misma y salvo contadas excepciones como Paracuellos, de Carlos Giménez, no será hasta la primera década del siglo XXI cuando muchos autores y autoras retraten la posguerra en sus obras. En muchos casos narran la memoria de sus familiares, como hacen Antonio Altarriba, Jaime Martín o Ana Penyas, por citar a algunas de las figuras más destacadas.

El caso de Carlos Giménez y su Paracuellos, serie de historietas comenzadas en 1975 sobre la infancia en la posguerra y los internados del Auxilio Social, es indicativo de la desmemoria durante las dos primeras décadas de la democracia: fue su éxito en Francia lo que empujó al título en el interior de España. También Giménez, con esta y otras obras, como Barrio, anticipa otra constante mencionada por Fernández de Arriba:

En general, el acercamiento ha estado enfocado a las historias íntimas, con el objetivo de recuperar la memoria de personas cercanas a los autores. Alejándose de los grandes acontecimientos y los grandes nombres, consiguen hablarnos de la vida de la mayoría de la población y de una época en que la situación de España era terrible. En muchos casos los cómics rinden un homenaje a toda una generación que vio truncada su vida por la guerra y por una posguerra durísima, llena de violencia, represión y de privaciones.

Ana Fernández-Cebrián, profesora de estudios ibéricos contemporáneos en la Universidad de Columbia, incide en el buen estado de salud del diálogo con el pasado a través del cómic, y nos ayuda a reconocer a los culpables involucrados en el diálogo:

La reflexión sobre el periodo franquista está más viva que nunca puesto que hoy en día estamos en disposición de reestablecer conexiones con otras historias de vida, como es el caso de la generación de nuestras abuelas que ha sido magistralmente interpretada por Ana Penyas, ganadora del Premio Nacional de Cómic, 2018. También ha sido muy importante la reflexión sobre el propio género bajo el franquismo y sobre la vida de la comunidad de dibujantes y lectores que han llevado a cabo autores como Carlos Giménez o Paco Roca en su bellísimo El invierno del dibujante. Esta comunidad de gentes que aman los tebeos como parte fundamental de su educación sentimental ha sido también esencial a la hora de preservar archivos físicos y digitales, catalogar y producir saberes en red. Esto ha sido posible gracias a webs como Tebeosfera o el blog Lady Filstrup, en el que participaba activamente el escritor Javier Pérez Andújar, quien además ha realizado un trabajo fundamental de reflexión sobre estas creaciones de la cultura popular.

Gracias a la difusión de estos saberes, disponibles en Internet, ciudadanos anónimos, pero también investigadores e historiadores de la cultura en dictadura, podemos tener acceso a materiales precarios y efímeros pero esenciales para entender la vida y la educación sentimental y moral de millones de personas durante ese periodo.

Visitando estos días la exposición del Conde Duque, se puede verificar fácilmente hasta qué punto los tebeos forman parte del hilo sensorial que hilvana la memoria de diferentes generaciones crecidas durante el franquismo. “Mira, La familia Ulises, ¡Flash!, este debe ser muy antiguo, no lo conozco”, se escuchaba esta misma mañana en uno de los grupos de mujeres y hombres que visitaban la muestra, con gesto indicativo de que algo se les activaba al posar la vista frente a las cuadrículas trazadas en la pared como ventanitas con vistas a sus infancias compartidas.

Algunos tebeos que describen cómo fue nuestra posguerra desde el hoy

  • El arte de volar y El ala rota: un díptico sobre el siglo XX de Antonio Altarriba y Kim desde la memoria del padre y la madre de Altarriba. Considerado una obra maestra incontestable.
  • Estamos todas bien, de Ana Penyas, es un homenaje a las amas de casa del franquismo invisibilizadas.
  • Barrio, de Carlos Giménez. Ya lo nombramos antes junto con Paracuellos, dos colecciones de historias imprescindibles, nacidas de su propia memoria como niño de la posguerra en Madrid.

Los mundos dibujados del exilio interior

Ana Fernández-Cebrián. Profesora de estudios ibéricos contemporáneos en la Universidad de Columbia

Se publicaron y leyeron millones de ejemplares de tebeos, cómics e historietas gráficas durante la inmediata posguerra y durante todo el periodo de dictadura. Los tebeos permitieron a los productores de cultura popular extender sus creaciones de manera masiva a través de los circuitos de una industria cultural que se ocupaba también de otras producciones como la llamada literatura de kiosko, que abarcó diferentes géneros. De este modo, numerosos novelistas, dibujantes y guionistas de tebeos que vivían un “exilio interior” dentro de la dictadura permanecieron fieles a la transmisión de un repertorio de relatos y formas estéticas procedentes de la tradición de la cultura popular cívico-republicana que trasladaron a los tebeos (leídos por niños y adultos) y también a una literatura de kiosko que, como en el caso del género de ciencia-ficción, permitió a estos autores la posibilidad de imaginar mundos ficticios y de retomar el género de la utopía como una variedad de la ciencia ficción desde la cual podían proponer imaginarios sociales y económicos alternativos al orden existente.

Los procesos de creación de tebeos sufrirán mutaciones a lo largo de todo el periodo de dictadura. Un largo periodo en el que conviven distintas generaciones de autores con diferentes experiencias de la guerra, de la postguerra y del posterior periodo desarrollista. En la inmediata posguerra, las poéticas de los tebeos permitieron a sus lectores acceder a unos códigos de representación a través de los cuales fue posible crear una circulación social de la memoria pública invisibilizada de la violencia y del trauma, en muchos casos en tensión con el marco ideológico y moral del Franquismo. Al mismo tiempo, las comunidades de dibujantes y lectores pudieron articular imaginarios e identidades sociales de retaguardia que les protegían de un pasado que había que ocultar, que había que “cifrar” en códigos que otros podrían entender en el futuro, pero también diseminar identidades de vanguardia que anticipaban otras posibles comunidades democráticas por venir.

El poeta José Hierro resumió esta tarea de transmisión de la memoria de los creadores culturales bajo el franquismo en su poema Alucinación submarina con estas palabras: Quizá nadie jamás reciba este mensaje/ O, cuando lo reciba, no sepa interpretarlo/ Porque todo, allá arriba, habrá variado entonces/ probablemente. (Aquí seguirá todo igual.)/ Si entendieseis por qué viví… /Si sospechaseis cómo quise ser descifrado.

En ese sentido, el tebeo bélico o de aventuras es muy difícil de “descifrar” puesto que bajo contenidos aparentemente afines a la ideología del régimen, en ocasiones se esconden lecturas más complejas sobre la violencia fundacional del nuevo estado o, como han expuesto críticos de los estudios culturales como Germán Labrador, sobre la construcción de identidades-“enigma” que negocian con el “estigma” de identidades dañadas o deterioradas tras un evento traumático.

En el caso de los tebeos humorísticos, críticos como Terenci Moix o Manuel Vázquez Montalbán hicieron un excelente trabajo de interpretación y crítica de sus lecturas infantiles y juveniles procedentes de la llamada Escuela Bruguera. En palabras de Vázquez Montalbán: “Fue una sorpresa enterarnos, años después, que gracias a ella habían sobrevivido intelectuales rojos, dibujantes y escritores que por las historietas y la subliteratura de Bruguera consiguieron pagar el alquiler, el seiscientos, una edición marxista literal del universo confiado en su condición de vencidos” (1982).

La resistencia frente al hambre, la explotación, la represión, las huecas aspiraciones mesocráticas de unas clases medias cómplices con los valores del régimen o la crítica a las instituciones en las que el proyecto franquista se había apoyado como la familia o la educación nacional-católica, formaron parte de los relatos que estos dibujantes y guionistas legaron a varias generaciones de lectores.

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