Javier Ortiz en Malasaña, las andanzas de un periodista de raza

Se acaba de publicar el libro Javier Ortiz, talento y oficio de un periodista (Akal), que recupera algunos de los textos más significativos del periodista, que fue vecino de Malasaña.

Javier Ortiz

Un mal día de abril (2009) murió el periodista Javier Ortiz. Algunos le conocieron entonces por haber dejado escrito su propio obituario, que se había publicado tiempo atrás y volvió a salir aquel día en Público, el diario donde escribía sus columnas de opinión en ese momento. Fue pocos días después de su querido 25 de abril, con las notas del Grândola todavía vibrando.

Lejos quedaban ya sus comienzos en el periodismo militante, durante la dictadura franquista, su exilio en Francia, escribir en Saida y Liberación. A raíz de la fundación del periódico El Mundo, su carrera periodística comenzó una etapa más al uso –que no convencional–. En esa cabecera fue redactor jefe, fundador de la edición del País Vasco, subdirector y jefe de opinión. A partir de 2000 decidió separarse del día a día del periódico, manteniendo el altavoz de sus columnas dos días por semana. Desde 2007 escribía en el diario Público.

Con motivo del décimo aniversario de su muerte se ha publicado el libro Javier Ortiz, talento y oficio de un periodista (Akal), que es una selección de textos de Ortiz arropada por capítulos sobre el propio periodista de Garbiñe Biurrun, David Fernàndez e Isaac Rosa. La edición literaria ha corrido a cargo de Mikel Iturria, factótum de www.javierortiz.net y prologuista del volumen. En Madrid se presentará el próximo 7 de junio en la librería Traficantes de Sueños.

Donostiarra hasta la médula, valenciano por elección (residió en Aigües) y madrileño de circunstancias, Javier fue vecino de Malasaña en los ochenta. Así, como de refilón, dejó algunos retazos de un barrio más bronco que el actual. Por ejemplo, cuando, para hablar en contra de prejuzgar “por la pinta” relataba el ambiente represivo de la calle:

Siempre recordaré una noche, hace años, que entré a comprar tabaco -entonces aún fumaba- en un bareto del barrio de Malasaña, en Madrid. Según me dirigía a la barra a pedir la cajetilla correspondiente, irrumpieron de súbito varios policías nacionales que, a grandes voces, conminaron a los presentes a colocarse contra la pared. Yo recogí el tabaco, lo pagué y me fui hacia la puerta. Al pasar junto a los policías, les dije: «Buenas noches». Y me contestaron: «Buenas noches, señor».
Me juzgaron por la pinta.

El ambiente del barrio aparece también cuando menciona, sin nombrarlo, que cierto periodista, quizá también escritor de renombre, pudo pagar “a unos chavales en Malasaña para que se inyectaran caballo y poder filmarlo”. Esta Malasaña que evocaba de tanto en tanto –luego su barrio en Madrid fue Ventas– es la de los tiempos duros de epidemia de heroína. Tras el enfrentamiento con un yonki navajero hacia 1985, cuenta, decidió cambiar de barrio.

Todos los días teníamos alguna. Llegué a acostumbrarme a pasear por el barrio con un aire de perdonavidas que habría hecho las delicias del mismísimo Frank Nitty.

Mi prestigio ganó muchos enteros un día que un grupo de pandilleros acosó a mi novia cuando salía a la calle. Me avisó, bajé a escape, histérico, y me encaré con ellos blandiendo un afilado machete de ésos que utilizan en Centroamérica para abrirse paso en la selva, preguntando a grandes voces si alguien quería pelea.

Nadie se mostró dispuesto a pegarse con un canijo tan rematadamente enloquecido.

Gracias a ello, nuestro estatus mejoró mucho. A partir de entonces, los vendedores de caballo, chocolate y pastillas me saludaban con gran respeto. Para mí que se inclinaban ante quien veían claramente como un asesino en potencia.

Pero mi fama, por desgracia, no alcanzó la plena universalidad. Había por el barrio pringaos que no sabían quién era yo, ni el tremendo peligro que escondía mi enjuto cuerpo de escaso metro con 68 centímetros.

Una de esas escorias desinformadas optó por asaltarme una mala noche, navaja en mano, en la calle Valverde.

Tras darle un puñetazo al atracador, Ortiz constató que aquella pendencia bien podría volvérsele en contra cualquier noche, decidió meter sus pertenencias en una furgoneta y largarse. Al hilo de aquel ambiente de inseguridad, el periodista escribiría, mucho antes de que se hablara de gentrificación en todos lados, que el patrón de abandono del barrio obedecía a una lógica de negocio inmobiliario que interesaba a aquellos que, algún día, desembarcarían para forrarse el riñón.

Posteriormente, en 1993 y quizá influido por aquella experiencia, nos dejó una columna sobre un suceso mortal tan triste como bella, titulada Amanecer mortal en Malasaña, y ubicada en la Corredera. “Al final, ya sin fuerzas, optó por resignarse: le había tocado morir en soledad, al amanecer, cuando las golondrinas se ponen a llorar en Malasaña”.

Sin embargo, entre los apuntes y columnas disponibles en la página web de Javier Ortiz los hay que dan noticia de sus andanzas en el barrio antes, durante la Transición, nada más morir Franco. En aquellos tiempos la llamada Platajunta se reunía en un piso de la calle Limón (sede del Partido Carlista, que durante aquellos años dio un poco conocido giro a la izquierda). Javier estaba en aquellas reuniones, que intentaban poner a trabajar juntos a gentes muy diversas para pedir amnistía y convocatoria de Cortes Constituyentes, entre otras cosas. Coordinación Democrática fue un organismo unitario de oposición al régimen constituido en 1976. Surgió de la fusión de la Junta Democrática de España (formada antes por el PCE y el entorno de Don Juan de Borbón, con la adhesión de CCOO, PSP, PTE, ASA y personalidades independientes) y la Plataforma de Convergencia Democrática (en la que estaban PSOE, el Movimiento Comunista, en el que militaba Ortiz, democristianos y socialdemócratas). De ahí lo de Platajunta.

De aquella época da cuenta para referirse a lo que le decían de hoy (de aquel hoy) sus encuentros con los representantes del PSOE de entonces, pero también fue en esta calle donde lo detuvieron en el otoño 1976. Acusado de coordinar la campaña por la amnistía, fue conducido a la Dirección General de Seguridad, donde fue torturado durante cinco días. “A uno de los policías se le fue la mano y me rasgó la mandíbula de un puñetazo. Un sedicente médico se puso a coser la herida allí mismo y me clavó la aguja en el hueso. Me desmayé. Cuando desperté, siguieron pegándome.” La tortura es uno de los temas centrales en la producción de Ortiz, que es autor de un monólogo teatral sobre el tema, José K torturado, que se ha reestrenado recientemente.

Los miles de textos que Javier Ortiz dejó escritos nos hablan de la época en que fueron escritos de forma tan lúcida que empujan a todos sus lectores huérfanos a decir, “cómo te fuiste, Javier, cuando más te necesitábamos, ahora que nos faltan los mapas”. Como hemos visto, también los breves retazos biográficos que introducía de tanto en tanto nos hablan de su tiempo y su lugar. En este caso de Malasaña. Pues bien, la cuidadosa selección que contiene la antología hecha por Mikel Iturria en la colección Foca –que Ortiz dirigía dentro de Akal antes de morir– supone un breviario de claves para entender la España post-transición y a no pocos personajes centrales del felipismo y el aznarismo. Palabras lúcidas para comprender nuestro tiempo escritas por un antiguo vecino de Malasaña.

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