Casa Filete: la cuenta es lo mejor

Con el filete ruso por bandera, Casa filete no es lugar para gastrónomos, sí para indies

Parece que los socios que han creado este sitio son los que tenían la sala Nasti y la Groovy, de la primera tenéis información en este artículo. Como podéis ver, sus dueños tenían una sala dedicada al indie español. No me gusta la música independiente española, es más, me disgustan esas voces susurrantes (tipo Dyango en horas bajas o, peor aún, Víctor Manuel y su lamento coyuntural) y esas ínfulas intelectuales de jóvenes poetas profundamente atribulados. Soy simplona, sí, a mí me van las rimas sencillas y efectivas, tipo:

Me dices que tú me dejas por un albino / me dices que tú recorres tu camino / me dices que yo me busque mi destino / y yo me dedico solo al vino.

Tiene ritmo, tiene rima (consonante), no es Shakespeare, pero tiene su encanto.

Bueno, voy al tema, los dueños de Casa Filete dicen que este establecimiento pretende ser como ellos, castizo y madrileño. Sustituyó, en 2015, a Casa Recio cuya denominación se puede observar en el interior de la sala. Aquí encontráis un artículo que habla del lugar y aquí otro. Y a continuación observaciones de gente en Google: «Restaurante muy bueno para mi opinión, se come bien, tienen un menú diario muy bien elaborado, no es el típico menú de todos los restaurantes, aparte tienen carta, tranquilo y muy original»; «Comida de maravilla y entorno muy agradable. ¡Hay platos vegetarianos deliciosos!»; «Buen local para tomarse unas cervezas y comida de buena calidad».

Pienso que puede ser una buena opción, en plan raciones y, además, su especialidad —el filete ruso— es una preparación singular a la par que de andar por casa, interesting.

La decoración es como debía ser Casa Recio: barra de hierro, azulejos de finales de los sesenta principios de los setenta, techo en la zona de barra con «artesonado» escayolesco psicodélico… Aprovechan las paredes a modo de pequeña sala de exposiciones donde muestran fotos, cuadros y collages de artistas que se propongan para ello. En cualquier caso, todo tiene un toque importante de dejadez.

La persona que nos recibe es uno de los socios por lo que he visto en otros artículos, es amable. M. pide vermú de grifo (2,00 €), yo pregunto por los tintos que tienen, me dice que de Ribera, de Rioja y un Toro muy rico; vale, una copa de Toro (3,00 €).

El vermú perfectamente aguado, pocos matices, predomina el regaliz y poco más. El vino de Toro era un caldo, un auténtico caldo por una temperatura de servicio propia del mismísimo infierno (de Dante), aparte de estar ya medio acidótico (llevaba abierto ya un tiempo, me temo).

Pedimos agua, de jarra, nos dicen que no, que «o botella de plástico o vaso de agua», nos traen un vaso de agua, para los dos. Vaso de agua que se mostrará insuficiente para afrontar un menú que avanza por terrenos insondables…

Nos ponen una gran cesta de pan, ligero, sin pretensiones.

Pedimos unas alcachofas rehogadas con jamón (8,50 €), alcachofas congeladas enharinadas y fritas. Bueeeeno (léase como Faemino en sus mejores momentos). Aunque las alcachofas se suelen recoger de noviembre a marzo, en septiembre puede haber ya y, aunque no sean de temporada, siempre se pueden encontrar. Vale, las prefieren congeladas, bueno, pues nada, pues congeladas. El hecho de que las enharinen me llama la atención, no me parece la mejor opción para las alcachofas; debe ser que el enharinado es algo característico de la casa. Nada destacable, ni bien ni mal, eso sí, la ración es para Andrés y otros tres.

Toca una ración de crujiente de pollo cajún (9,50 €). Bueno, en realidad nos sirvieron prácticamente todos los platos simultáneamente, debe ser una tendencia orientalizante del cocinero. No tengo palabras para este plato. Puede ser que, al tener las vacaciones recientes, el pollo había estado bañándose en el mar y se había secado al sol antes de que lo cajunaran y lo frieran; ¿sabéis esa sensación salina en la piel? Pues eso le pasaba al pollo. O el pollo venía de unas vacaciones largas, o era el cocinero el que estaba de vacaciones y el pollo se cocinó solo, pero algo pasaba ahí. OMG, qué sed, ¡y nosotros con un vaso para compartir! Visto que el primer vaso les había costado traérnoslo, no sabemos si atrevernos a pedir otro pero le echamos arrojo y pedimos otro vaso, la respuesta es buena, nos lo traen sin problemas. Esto ha sido como lo de pedirle el martillo al vecino… El pollo, por otra parte, ha sido cortado de tal modo que es imposible reconocer qué parte está uno comiendo, es como si el cocinero o el pollo —en modo harakiri— estuvieran rabiosos y cortaran/se destriparan a lo loco, aquello no tiene sentido. El pollo, aparte de estar descoyuntado y tener un exceso de salinidad propio del Mar Negro, está sazonado con algo de pimentón y ajo, el resto del sazonado es imposible de discernir porque la sal ha dejado nuestras papilas gustativas KO. Nos lo comemos todo porque estamos muertos de hambre y somos idiotas. La noche y el día siguiente nos comportaremos como dos camellos recién llegados a un oasis. El pollo presenta, por su parte, al centro, unas patatas con piel, hervidas o confitadas, en exceso, y fritas a fuego fuerte para obtener una parte externa algo más crujiente e interna más suave (algo aguada), nada particular, pero al menos no vienen del mar.

Bueno, lo último son los filetes rusos con salsa de mostaza (12,00 €). Por si no lo sabéis, de los filetes rusos, como de la ensaladilla rusa y otras cositas que nos gusta decir que son rusas no se sabe su origen cierto. En cualquier caso, se ve claramente que es un primo hermano de la hamburguesa, la albóndiga y el steak tartar. Y, evidentemente, teniendo unos ingredientes tan sencillos como carne picada de ternera, especias y harina, es uno de esos platos que, de una forma u otra, han surgido, seguramente de manera simultánea, en tiempos inmemoriales y de los que luego todos se enorgullecen de poseer los derechos de autor. Tanto Alemania como Rusia son sitios propios para esta elaboración, pero también una abuela a la que le dio por aplastar las albóndigas en una crisis violenta podría ser la creadora. En cualquier caso, en esta ocasión, la bola de carne picada aplastada presenta algo de, creo, canela y/o nuez moscada —mis papilas gustativas se confunden, aún no han vuelto del «viaje» al fondo del mar— y está enharinada y frita. Interior seco y exterior blando, como debe ser, ¡claro que sí! Viene con las mismas patatas que el otro, acompañadas con salsa de tomate. La salsa de mostaza es una salsa de nata con retrogusto a mostaza, vamos, que hay que estar muy fino para notar la mostaza. Claramente están atentos a un público sensible a las especias: pocas y nada picantes en el cajún y salsa de mostaza totalmente natosa; luego ya el tema de la sal es otra cosa.

Pedimos la cuenta, no probamos los postres, hemos tenido suficiente por hoy.

En resumen, esta visita ha sido un desastre. No sé si el cocinero estaba de vacaciones o si es que la cocina para los aficionados a la música independiente española es así, pero si te gusta disfrutar con la comida no vayas a este lugar. Grandes cantidades, precio barato y pésima calidad.

P.S. Siento tener que hacer este tipo de críticas; busqué un sitio curioso, con el filete ruso como bandera, con artículos y opiniones positivas, y esto me he encontrado.

P.S.I Fotos psicotrópicas.

Cocina cajún

Al encontrarnos en Malasaña —barrio de Nueva Orleans de toda la vida— considero importante dar un poco de información detallada sobre nuestra cocina autóctona. En torno a principios del siglo XVII, colonos franceses, guiados por Samuel de Champlain, llegaron a una zona de Canadá que les pillaba relativamente cerca, es decir, las provincias marítimas de Nuevo Escocia, Nuevo Brunswick e Isla del Príncipe Eduardo (y Malasaña). A dicha zona la denominaron Acadia, según dicen por ahí el término puede proceder de la palabra «algatig» (lugar de campamento) de una tribu india de la zona llamados micmac (no confundir con Big Mac®) o de la palabra «quoddy» (lugar fértil) de otro grupo de indios del área, los maliseets (no confundir con famoso grupo indie español). Otra teoría toma como referencia la novela pastoril Arcadia, escrita por Jacopo Sannazaro en 1502, la cual habla de un lugar imaginario —aunque el nombre deriva de una provincia de Grecia— rural, bucólico, donde encontrar la paz en una unión feliz y tranquila con la naturaleza donde el alma descansa y se encuentra en armonía consigo misma. Dicha novela se convierte en un referente para renacentistas y románticos. Probablemente Samuel de Champlain, navegante de amplia formación en geografía, cartografía, etnografía, diplomacia y más, se viera cautivado por los pastos recién colonizados y decidiera denominar la zona Acadia evocando la novela.

El problema es que, tras varias contiendas y cambios de poder en la zona, finalmente los ingleses, a mediados del siglo XVIII, echaron a los colonos franceses —que perdieron su armonía natural y el brillo de su cabello al abandonar la tierra prometida— y muchos de ellos acabaron asentándose en el sur de Estados Unidos; en aquella época el mundo no tenía portielles. Allí, una buena cantidad de ellos se apañaron en la zona rural de Luisiana y, aunque tenían como fundamento de su cocina tres ingredientes básicos —cebolla, apio y pimiento—, propios de la cocina francesa, se fueron adaptando y utilizando también ingredientes de la zona. Como sabéis era un área de mucha mezcla con inmigración de lo más variada y exótica, así que comenzaron también a meter especias fuertecitas, tipo paprika (elemento clave de la cocina cajún). Y, bueno, pues básicamente eso es la cocina cajún, la que realizaban los señores de Acadia que se instalaron en zonas rurales de Luisiana tras ser expulsados de su territorio y adoptar ingredientes propios de su área de adopción. La zona donde se instalaron dichos franceses y que ahora ocupa más o menos una tercera parte de Luisiana se denomina Acadiana (o país de los cajunes), ¿por qué será? En cualquier caso, en la actualidad la cocina cajún la practica, también, toda la inmigración de dicha área que no solo incluye franceses sino también alemanes, gentes del sudeste asiático y un poco de todo.

La base para la mayoría de sus elaboraciones son las verduras picadas y entre sus platos más conocidos se encuentran:

– las salchichas (boudin), en las cuales se aprovechaba todas las partes del cerdo, incluso el hígado, para dar gustico;

– el jambalaya, un arroz con base de cebolla y pimiento picado y pollo y langostinos con toque de pimentón, ajo, tomillo y orégano, cuya versión roja, con tomate, sería la propia de la cocina criolla;

– el gumbo, un guiso con mirepoix de los tres ingredientes vegetales básicos (apio, cebolla y pimiento) con pollo y andaouille (embutido de carne, interiores y grasa de cerdo muy especiado) y que puede incluir pato y mariscos, el gumbo criollo, como en el otro caso, incluye tomate.

Es importante diferenciar la cocina cajún de Luisiana —más rústica— de la cocina criolla —más cosmopolita— de dicha zona, esta última corresponde a la cocina de colonos europeos, franceses y españoles principalmente, mezclada con la caribeña, africana y estadounidense, resulta algo menos picante que la cajún y, como hemos visto, incluye tomate, además de jugar un papel fundamental en la misma las ostras y los mariscos.

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